La religión del balón
Faltan siete meses para el Mundial. Entonces, el mundo todo cierra por fútbol, el mundo todo grita gol. En la Amazonía, en el desierto del Sáhara, en el país de sol naciente, en las playas vírgenes de Bolonia junto a las ruinas de Baello Claudia, en las Islas Feroe, en Cuba, en Alemania, en Sudáfrica, en todos los rincones del planeta.El fútbol, que viene a ser a la vida moderna lo que el espíritu santo al cristianismo, se apodera más que nunca de los tiempos y los espacios y todo lo llena y lo acapara. Generalmente, es lo que más nos importa, al común de los mortales. Ese mes, el fútbol es lo único que importa. Redunda Fernando León de Aranoa en “Los lunes al sol” en una idea clave y que, de golpe, cambia toda perspectiva humana. La cuestión no es si el hombre cree o deja de creer en dios. La cuestión es si realmente dios cree en el hombre, porque “si dios no cree en el hombre, entonces estamos jodidos”.
El fútbol se parece a dios en la fe que le profesan millones de creyentes y en la poca confianza que le tienen intelectuales tanto de izquierda como de derecha. Unos hablan de opio del pueblo y de “pan y circo”; otros de superstición e idolatría. También de mercantilismo y simple negocio. Hay, incluso, quien compara este juego con guerras y batallas. Otros con la belleza y el arte. Para unos, los futbolistas son héroes mitológicos; para otros, simples mercenarios. De una u otra forma, al final, la mayoría de ellos acaba como juguetes rotos sin saber qué hacer ni dónde ir una vez acaba el juego.
El fútbol, como las religiones, tiene sus propios ritos. Los partidos se convierten en comuniones humanas. Las personas –siempre solas- se unen por una causa común y hasta los desconocidos se abrazan y se odian o quieren durante 90 minutos, que odiar y amar son el mismo sentimiento a través del espejo. A veces, se da prórroga a la pasión. Y los futbolistas, al saltar al terreno de juego, se santiguan, se abrazan, se encomiendan a la suerte o al destino, que, como en la vida, el fútbol tiene mucho de azar.
De todo hay, pero quien ha jugado entiende que aún hay más, que el fútbol es una incesante metáfora de la vida y que se sabe cómo es una persona por cómo siente, por cómo besa, por cómo folla, por cómo mira y por cómo juega. Quienes creen en el balón y que la tierra es redonda porque se parece a una pelota, ellos- nosotros- saben –sabemos- que todo, a fin de cuentas, se reduce a la verdad última del juego. Y esa verdad es que, en el fútbol, el éxtasis unido al orgasmo se llama y se grita gol.


2 Comments:
Publicado en La Razón Edición Andalucía el 11 de junio de 2006.
Reedición, con leves cambios. Hambre de fútbol.*
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