Las lágrimas de Zidane
Zinedine Zidane dejó el Bernabéu entre lágrimas, entre sollozos. Zizou, que a tantas personas ha hecho llorar con su magia, rompió a llorar como un niño, como no lo hizo al ganar el Campeonato del Mundo, la Eurocopa o la Copa de Europa. “Jamás lloro”, reconocía después, “ni en las victorias ni en las derrotas porque el fútbol es sólo fútbol”. “No sé qué me pasó, pero no pude aguantar”, decía el niño grande marsellés. Pasó que no era fútbol, pasó que Zizou sabía íntimamente que con este adiós deja atrás también algo de su vida. Y más pronto que tarde, tras el Mundial quizás, descubrirá eso que ya sabe: que su vida es el fútbol, que no sabe hacer otra cosa. Entonces, tendrá que inventarse otra vida para vivir.
Pocas lágrinas; mucha rabia
Se cumplen dos años de aquel día que los periódicos titularon “de la infamia”. Y pasado este tiempo, no ante las imágenes pero sí frente a las personas, aún cuesta retener las lágrimas, y esto sólo se consigue apretando los dientes con fuerza al tiempo que una palabra recorre todo el cuerpo e invade el alma; una palabra ya gastada: VENGANZA. Y la lágrima y el sentimiento (venganza) se consumen en el cuerpo. Acude a la memoria un documental con Jon Sistiaga – para siempre unido en el subconsciente colectivo al yacente José Couso- como reportero. Retales de documental, retales del dolor. Y se presenta a un joven, que podrías ser tú, que podría ser yo, en una casa llena de réplicas de cuadros de Diego Velásquez (“La fragua de Vulcano”), de Pablo Picasso (“El Guernica”), y habla de Pedro Almodóvar. Y su madre – qué grandes héroes son las madres, que nos dan la vida- recuerda cómo ella mientras también lloraba años atrás hablaba con él, con su hijo muerto en vida, como Benigno con Leonor Watling, como Javier Cámara con Alicia en la película de ese demiurgo de historias que es el director manchego. Y ella lloraba en el recuerdo y lloraba en el momento. Su hijo, marcado físicamente (sin un trozo de cráneo) y con lucidez mental (porque le quedó toda el alma intacta) para vivir instalado en la pesadilla de la resignación. Y la lágrima, en el párpado. Y los dientes apretados, no ya por las víctimas del terrorismo –la salud mental hace que no se recuerden-, los dientes apretados por tanta sangre, tanta muerte evitable. Otra lágrima por tanto niño que muere de hambre, que sufre por hambre, tanta vida sesgada y maltratada por la guerra, por el hombre. Otra lágrima porque esta vida injusta, insana, este perpetuo golpe en el estómago sin avisar que es el vivir, a esta hora, en este momento, no deja en el cuerpo más que unas pocas lágrimas y mucha, mucha RABIA.