náufrago de arena

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domingo, octubre 29, 2006

¿Está la Eta? Que se ponga

(Se abre el telón. Aparece un señor alto de ojos azules e inquietantes rasgos y movimientos; viste camisa roja abrochada hasta el cuello, pantalón negro y boina o chapela, que, al caso, es lo mismo. El señor alto está de pie y junto a él, una mesita camilla con un teléfono negro de esos antiguos que ya no se ven. El señor alto comienza a dar vueltas parsimoniosamente a la rueda de los números del aparato).
- Hola, buenos días. ¿Está la Eta? Que se ponga. Qué pasa, Patxi. Soy yo, José Luis. Oye, cómo está el tiempo por ahí por el País Vasco… digo por Euskadi, sí, sí, hombre, que siempre me confundo. No te enfades, hombre, que es la costumbre. Va mejorando, ah. Me alegro, hombre. Ya, ya sé que a ustedes cuatro gotas os da igual, que sois vascos y tenéis dos cojones. Cuadrados los tenéis, si yo lo sé. Era por preguntar, hombre. Que mira, Patxi, que quería yo decirte que me han dicho que dicen los franceses que les parece que han ‘perdío’ unas 350 pistolas, que era pa’ saber si sabes algo. Ah, que ha sido sin querer, ya. Sin querer evitarlo, dices, ¿no, mamón? Que las vais a devolver. Ya me quedo más tranquilo, hombre. Que están en Francia venga a llamar y llamar y yo “no saber mesié, no saber” y pa’ eso te llamaba mayormente. Pero, que me pregunto yo, Patxi, si las vais a devolver antes de usarlas o después. Que no sabes, que ya veréis. Qué cachondo que eres, Patxi, coño. Sonsoles siempre me dice que pareces andaluz. No, no, que es broma, que sois vascos, vascos, con RH negativo, sí, sí, sí. Bueno, Patxi, ya que te tengo al aparato aprovecho y te pregunto: ¿Cómo va el proceso de paz? Que ahí anda, ya. Si yo se lo digo a Mariano y sus amigos, que esto es lento, que acordarse cuando Josemari y el “movimiento de liberación vasco”… Si es lo que tiene, tanta prisa, tanta prisa. ¿Pero las pistolas son pa’ ná, entonces, no? Mira, Patxi, que no me gustaría tener que recurrir a las indirectas, eh. Que me conozco y empiezo a preguntar “¿alguien ha matado a alguien? ¿alguien es un asesino?” Y acabáis llorando, eh. No digas que no te aviso. Es que digo yo que si estamos “en paz”, que es un decir, pa’ qué quieres las pistolas, coño. La costumbre, claro. Si es lo que tiene. Si yo lo entiendo, pero a ver si te acostumbras a hacer croché o a levantar piedras, que trae más cuenta. Una última cosa, Patxi, por si Miguel Sebastián se lo piensa a última hora: ¿A ti no te interesará la Alcadía de Madrid, verdad?

lunes, octubre 16, 2006

108 (la velocidad)

Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. Ciento ocho son, según las estadísticas, las personas que han perdido la vida en carretera la pasada Semana Santa. Ciento ocho personas que salieron para no volver. Ciento ocho personas que aún no han vuelto a casa. Ciento ocho personas a las que ya no se las espera en ninguna parte.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “Casi la mitad de las víctimas mortales no se había abrochado el cinturón de seguridad”, rezaban los titulares estos días. También está quien clama al cielo y culpa a Tráfico, a sus campañas “tremendistas”, a la ausencia de Guardia Civil en los arcenes, al mal estado de las carreteras, a la permisividad del código penal para con los “conductores suicidas” e “imprudentes al volante” (eufemismos de asesinos)… y a la velocidad.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “La velocidad mata” es un clásico de los letreros luminosos de la DGT. Y así es: la mayoría de los siniestros en carretera se producen por exceso de velocidad, que no es el alcohol el que mata sino “la potencia sin control”, que decía aquel anuncio de Pirelli.
Y lo cierto es –buscando causas profundas- que la velocidad sigue divinizada e instalada en nuestras vidas cuando es ella la que mata físicamente en carretera y nos asfixia interiormente día a día. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.
Lejos del ensalzamiento del movimiento que caracterizaba a la corriente futurista, la velocidad se ha instalado en nuestra rutina como un valor social, que ya se sabe, maricón el último. Las muertes en carretera no son sino otra consecuencia del modo de vida antinatural en que vivimos, centrados como estamos en producir más a la mayor velocidad posible, que el más rápido es el mejor, el que más corre gana y el que llega primero se queda con la chica.
Al final de la carrera resulta que nadie vence, que te chocas y que te has perdido toda la belleza del camino y el disfrutar del tiempo lento. De tanto correr, resulta que no vives. Consecuencias de la dictadura de la velocidad, de la perversión de la postmodernidad, del vivir sin tiempo para sentir, para respirar. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.

domingo, octubre 15, 2006

Elogio de la generosidad

«Lo que das, te lo das; y lo que no das, te lo quitas», explica lúcido de tan loco Alejandro Jodorowsky. Algo así viene a decir también, con su ejemplo vital, Muhammad Yunus, el hombre que «ha dedicado su vida a ayudar a millones de indigentes a ayudarse a sí mismos».
El «banquero de los pobres» fundó un sistema de microcréditos para personas sin recursos, sin solvencia económica, y, de paso, ha demostrado que otros sistemas son posibles, que se puede creer en las personas, que se puede dar esperando casi ningún interés a cambio y arriesgándote a perder todo, sin necesidad de avales ni asfixiantes intereses. La palabra es suficiente. Y el 96 por ciento de estos pobres – en su mayoría mujeres – cumple su palabra. Los préstamos sirven para que miles de familias adquieran gallinas o vacas, para iniciar pequeños negocios o mejorar las cosechas. Entonces, la gallina pone tres huevos. Con dos se puede comer ese día y el otro puede venderse. En poco tiempo se amortiza el capital. Y llega otro microcrédito para dos gallinas y, así, pasito a pasito, se sale de la miseria sin caridad, con coraje, con los recursos de uno mismo. El resultado: oportunidades para aquellos que no han tenido (el Banco Graneen ha colaborado con más de seis millones de pobres) y 15 millones de dólares de beneficios que son transferidos a un fondo de rehabilitación para paliar situaciones de desastre.
Sueña Muhammad Humus que «ojalá un día la pobreza pueda contemplarse en un museo» porque «será señal de que ya no existe». Hoy mismo, más de 29.000 niños están muriendo de malnutrición y de enfermedades que pueden ser prevenidas. Mañana, morirán otros tantos. El sueño aún queda en las Antípodas de la realidad, pero la esperanza sigue viva y, parafraseando de nuevo al loco Jodorowsky, no podemos «cambiar el mundo» pero sí podemos «empezar a cambiarlo».

martes, octubre 10, 2006

Te doy mis ojos

Ignoro si es amor la razón o, mejor, el sentimiento que explica que una persona perdone a otra que ha intentado matarla. Ignoro las razones que dan derecho a matar a alguien, a nadie. Pero, eso sí, tengo la certeza de que quien muere, no vive más.
Desconozco las causas pero sé de algunas cifras estremecedoras: “Un total de 21 mujeres fallecieron durante el primer trimestre de 2006 a manos de su pareja o ex pareja”, es decir, a manos de alguien que, supuestamente, las quería. Primero les dieron los ojos; después el corazón y el alma; finalmente, la vida.
Esta semana también se ha conocido que la Audiencia Provincial de Jaén ha condenado a dos años de cárcel a un hombre que contrató a dos marroquíes para que asesinaran a su mujer porque creía que le era infiel. El encargo era “sencillo”: “pinchar” a la mujer, “quitarle el bolso y arrojarla a un contenedor de basura para simular un robo”. En 6.000 euros valoraba este hideputa la vida de su compañera. La víctima –porque es víctima aunque ella aún no lo sepa- ha solicitado el indulto porque su marido “se ha arrepentido mucho”. Es más, ella quiere seguir viviendo con él. Este no es un caso aislado. Es uno de muchos. Y van en aumento.
Ante tal complejidad de la naturaleza humana, ante la posibilidad de “querer”, de estar enganchado a algo o alguien que te quita la vida, que te mata, que te perjudica, a uno le atacan las dudas porque las certezas huyen ante la sinrazón de los sentimientos. ¿Se puede amar a quien, poco a poco, golpe a golpe, te mata? ¿Se puede temer a quien se ama?
Concibo el amor bajo la premisa de “llevar gentilmente al otro hacia lo que el otro es”. Al final de la partida, en los epitafios: sentencias como “la maté porque era mía” o “no puedo vivir ni contigo ni sin ti” –obviemos el catálogo previo de “voy a cambiar”, “yo te quiero”, “me daba motivos”…-. Por ello, no cabe más que pensar que esta barbarie del sentimiento, este te quiero pero no me quiero yo, esta hiperbólica anulación de la persona, responde a aquello que dice el abuelo de “dios los cría y ellos se juntan”. Y lo triste es que se juntan en un camino bajo el común denominador de la destrucción.

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