108 (la velocidad)
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. Ciento ocho son, según las estadísticas, las personas que han perdido la vida en carretera la pasada Semana Santa. Ciento ocho personas que salieron para no volver. Ciento ocho personas que aún no han vuelto a casa. Ciento ocho personas a las que ya no se las espera en ninguna parte.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “Casi la mitad de las víctimas mortales no se había abrochado el cinturón de seguridad”, rezaban los titulares estos días. También está quien clama al cielo y culpa a Tráfico, a sus campañas “tremendistas”, a la ausencia de Guardia Civil en los arcenes, al mal estado de las carreteras, a la permisividad del código penal para con los “conductores suicidas” e “imprudentes al volante” (eufemismos de asesinos)… y a la velocidad.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “La velocidad mata” es un clásico de los letreros luminosos de la DGT. Y así es: la mayoría de los siniestros en carretera se producen por exceso de velocidad, que no es el alcohol el que mata sino “la potencia sin control”, que decía aquel anuncio de Pirelli.
Y lo cierto es –buscando causas profundas- que la velocidad sigue divinizada e instalada en nuestras vidas cuando es ella la que mata físicamente en carretera y nos asfixia interiormente día a día. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.
Lejos del ensalzamiento del movimiento que caracterizaba a la corriente futurista, la velocidad se ha instalado en nuestra rutina como un valor social, que ya se sabe, maricón el último. Las muertes en carretera no son sino otra consecuencia del modo de vida antinatural en que vivimos, centrados como estamos en producir más a la mayor velocidad posible, que el más rápido es el mejor, el que más corre gana y el que llega primero se queda con la chica.
Al final de la carrera resulta que nadie vence, que te chocas y que te has perdido toda la belleza del camino y el disfrutar del tiempo lento. De tanto correr, resulta que no vives. Consecuencias de la dictadura de la velocidad, de la perversión de la postmodernidad, del vivir sin tiempo para sentir, para respirar. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “Casi la mitad de las víctimas mortales no se había abrochado el cinturón de seguridad”, rezaban los titulares estos días. También está quien clama al cielo y culpa a Tráfico, a sus campañas “tremendistas”, a la ausencia de Guardia Civil en los arcenes, al mal estado de las carreteras, a la permisividad del código penal para con los “conductores suicidas” e “imprudentes al volante” (eufemismos de asesinos)… y a la velocidad.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “La velocidad mata” es un clásico de los letreros luminosos de la DGT. Y así es: la mayoría de los siniestros en carretera se producen por exceso de velocidad, que no es el alcohol el que mata sino “la potencia sin control”, que decía aquel anuncio de Pirelli.
Y lo cierto es –buscando causas profundas- que la velocidad sigue divinizada e instalada en nuestras vidas cuando es ella la que mata físicamente en carretera y nos asfixia interiormente día a día. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.
Lejos del ensalzamiento del movimiento que caracterizaba a la corriente futurista, la velocidad se ha instalado en nuestra rutina como un valor social, que ya se sabe, maricón el último. Las muertes en carretera no son sino otra consecuencia del modo de vida antinatural en que vivimos, centrados como estamos en producir más a la mayor velocidad posible, que el más rápido es el mejor, el que más corre gana y el que llega primero se queda con la chica.
Al final de la carrera resulta que nadie vence, que te chocas y que te has perdido toda la belleza del camino y el disfrutar del tiempo lento. De tanto correr, resulta que no vives. Consecuencias de la dictadura de la velocidad, de la perversión de la postmodernidad, del vivir sin tiempo para sentir, para respirar. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.




