náufrago de arena

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Nombre: Miguel

lunes, octubre 16, 2006

108 (la velocidad)

Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. Ciento ocho son, según las estadísticas, las personas que han perdido la vida en carretera la pasada Semana Santa. Ciento ocho personas que salieron para no volver. Ciento ocho personas que aún no han vuelto a casa. Ciento ocho personas a las que ya no se las espera en ninguna parte.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “Casi la mitad de las víctimas mortales no se había abrochado el cinturón de seguridad”, rezaban los titulares estos días. También está quien clama al cielo y culpa a Tráfico, a sus campañas “tremendistas”, a la ausencia de Guardia Civil en los arcenes, al mal estado de las carreteras, a la permisividad del código penal para con los “conductores suicidas” e “imprudentes al volante” (eufemismos de asesinos)… y a la velocidad.
Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108. “La velocidad mata” es un clásico de los letreros luminosos de la DGT. Y así es: la mayoría de los siniestros en carretera se producen por exceso de velocidad, que no es el alcohol el que mata sino “la potencia sin control”, que decía aquel anuncio de Pirelli.
Y lo cierto es –buscando causas profundas- que la velocidad sigue divinizada e instalada en nuestras vidas cuando es ella la que mata físicamente en carretera y nos asfixia interiormente día a día. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.
Lejos del ensalzamiento del movimiento que caracterizaba a la corriente futurista, la velocidad se ha instalado en nuestra rutina como un valor social, que ya se sabe, maricón el último. Las muertes en carretera no son sino otra consecuencia del modo de vida antinatural en que vivimos, centrados como estamos en producir más a la mayor velocidad posible, que el más rápido es el mejor, el que más corre gana y el que llega primero se queda con la chica.
Al final de la carrera resulta que nadie vence, que te chocas y que te has perdido toda la belleza del camino y el disfrutar del tiempo lento. De tanto correr, resulta que no vives. Consecuencias de la dictadura de la velocidad, de la perversión de la postmodernidad, del vivir sin tiempo para sentir, para respirar. Uno, dos, tres, cuatro… 105… 108.

domingo, octubre 15, 2006

Elogio de la generosidad

«Lo que das, te lo das; y lo que no das, te lo quitas», explica lúcido de tan loco Alejandro Jodorowsky. Algo así viene a decir también, con su ejemplo vital, Muhammad Yunus, el hombre que «ha dedicado su vida a ayudar a millones de indigentes a ayudarse a sí mismos».
El «banquero de los pobres» fundó un sistema de microcréditos para personas sin recursos, sin solvencia económica, y, de paso, ha demostrado que otros sistemas son posibles, que se puede creer en las personas, que se puede dar esperando casi ningún interés a cambio y arriesgándote a perder todo, sin necesidad de avales ni asfixiantes intereses. La palabra es suficiente. Y el 96 por ciento de estos pobres – en su mayoría mujeres – cumple su palabra. Los préstamos sirven para que miles de familias adquieran gallinas o vacas, para iniciar pequeños negocios o mejorar las cosechas. Entonces, la gallina pone tres huevos. Con dos se puede comer ese día y el otro puede venderse. En poco tiempo se amortiza el capital. Y llega otro microcrédito para dos gallinas y, así, pasito a pasito, se sale de la miseria sin caridad, con coraje, con los recursos de uno mismo. El resultado: oportunidades para aquellos que no han tenido (el Banco Graneen ha colaborado con más de seis millones de pobres) y 15 millones de dólares de beneficios que son transferidos a un fondo de rehabilitación para paliar situaciones de desastre.
Sueña Muhammad Humus que «ojalá un día la pobreza pueda contemplarse en un museo» porque «será señal de que ya no existe». Hoy mismo, más de 29.000 niños están muriendo de malnutrición y de enfermedades que pueden ser prevenidas. Mañana, morirán otros tantos. El sueño aún queda en las Antípodas de la realidad, pero la esperanza sigue viva y, parafraseando de nuevo al loco Jodorowsky, no podemos «cambiar el mundo» pero sí podemos «empezar a cambiarlo».

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