El callejón del gato (seco)
Si el ‘pobrecito hablador’ de Larra viviera, daría una última vuelta de tuerca a su «escribir en España es llorar» y diría que «beber en Andalucía es huir». La cosa de la que hablo no es montar macrobotellones, con miles de personas y decibelios por las nubes y esquinas malolientes. La cosa es tomar una copa de vino –rioja o ribera, según– o ron –con su rodajita de limón– en uno de esos espacios públicos, con tres o cuatro personas y alguna sonrisa, al abrigo de una buena conversación. La cosa es mirarte a los ojos y reír alrededor de una mesita de estas redondas, a las puertas de cualquier bar, por ejemplo, un 'poné', en la Alameda de Hércules. La cosa es que a partir de la una y poco, con la luna recién entrada a trabajar, el dueño del establecimiento, walkitalki en mano, te dice «oiga, le recomiendo que entre en el bar, que viene la Policía». Y uno –pestañas arriba y abajo, al percatarse del aparato logístico– dice «coño, esto qué es la ‘Ley Seca’». Y te dicen: «No, es la Ley Antibotellón». Entonces, se entra en el bar y miras por la ventana a ver si pasan las Fuerzas de Seguridad y te preguntas por qué se llaman así, si fuerza sólo ejercen ante los débiles y la seguridad es sólo para los ricos. Y te acuerdas de don Ramón María (del Valle-Inclán) y del callejón del gato y las pestañas dejan de parpadear.
En un arrebato revolucionario, te propones salir a la calle, a que te informen los señores agentes, a unas malas; o a invitarles a una copa, a unas buenas. Pero en la puerta, un maromo sugiere en idioma cheyene: «Tú fuera, copa dentro». Y tú le dices: «Pisha, me termino la copa y ahora salgo, que no se va a acabar el mundo». Pero sucede que cuando te acabas la copa, la pasma se ha ido, seguramente a salvar al mundo de personas peligrosas reunidas alrededor de mesitas redondas, con pintas y vasos cilíndricos en las manos. Recurres al periódico de la barra para tratar de saciar tu sed (informativa). Póngame otro ron, que es Navidad –añades– y lees que «casi un tercio de los accidentes laborales se produce los lunes». Mañana es lunes, piensas. ¿Por qué no prohíben los lunes? Decides irte y te vas y, de camino a casa, encuentras un anuncio en una pared que reza «Perico ‘el apañao’. Albañilería. Fontanería. Cuidado de ancianos. Despedidas de soltera». Cojo el número para dárselo a la consejera de la Ley Antibotellón, a ver si Perico le hace un apaño a la ‘Ley Seca’ y prepara una ‘Ley Antilunes’, que para prohibir pequeños placeres vale cualquiera; o para que le monte una despedida como dios manda a Evangelina y al año, no vaya ser que me equivoque, la de antes sea la última copa y se acabe el mundo, que cualquiera sabe cómo termina la cosa con tanto callejón del gato y tanto espejo cóncavo a la vuelta de cada esquina.




