náufrago de arena

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Nombre: Miguel

domingo, septiembre 30, 2007

Refugiados, fronteras, mares y muros


«La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio», escribía Antoine Saint-Exupéry en «El Principito». Cuando amenazan tu vida, estalla una guerra o un tsunami revienta tu existencia, más que huir toca sobrevivir. Si te dejan. En 2006, sólo el 3,72 por ciento de los solicitantes de refugio logró el estatuto en España, según los datos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Un total de 168 personas recibió asilo el pasado año, frente a las 3.912 cuya solicitud no fue admitida a trámite o fue denegada. En Andalucía, residen 1.160 personas asiladas, la mayoría procedentes de Colombia, Congo, Costa de Marfil, Sudán y Cachemira.

Jairo Valencia, exiliado de su tierra, extranjero de su barrio, polizón de su vida, no es ningún «principito» con refugio en asteroide. Era periodista en Colombia y un día tuvo que coger cuatro mudas y salir pitando. Agarró a su hijo y a la que por entonces era su novia y salvó el cuello de las amenazas de la guerrilla. Locutaba en Mirador Estéreo, presentaba en Canal G Televisión y escribía en un diario. Por contar en La Patria «las verdades del barquero» de los guerrilleros, se quedó sin país. Llegó a Barajas –uno de los lugares donde se formalizan más solicitudes de asilo– un 26 de septiembre de 2001, dos semanas después del atentado de las Torres Gemelas. Si no quieres problemas, ahí tienes dos tazas.

Comenzaron, entonces, tres días en la terminal, como la película de Spielberg. Cual Víctor Navorski, Jairo Valencia se convirtió en «un hombre de ninguna parte», un apátrida del suelo que pisa, un residente en territorio internacional a la espera de un asilo político que no siempre llega. Jairo contó con la colaboración de Reporteros Sin Fronteras. Al tiempo, se le concedió el estatuto de refugiado y la posibilidad de hospedarse en un centro de acogida de Sevilla Este. «No quería ir porque un compañero me dijo que le atracaron cuando vino a un congreso». En el centro «se portaron genial» y Jairo se enamoró de Sevilla. «De aquí no me mueve ni la muerte», desafía ahora.

«El Estado te da permiso para que te quedes» y no hagas ruido, «pero poco más». Durante el tiempo del papeleo, legalmente, el extranjero no puede trabajar. Después viene «la doble explotación». Por inmigrante. Por refugiado. Si eres mujer, hay un tercer nivel de estafa. Jairo aceptó sobrevivir «como sereno». Entonces, la vida le «brindó» una de esas ironías propias de los guiones de las novelas negras: vigilar alrededor de la redacción de un periódico. Más adelante fue montador de muebles en Madrid; lavó patatas en Mairena; trabajó en un desguace de Valdezorras... Ahora conduce un camión por toda España. El exiliado, el hombre que dejó atrás la patria, pasa diariamente decenas de fronteras de ciudades.

Las cifras del informe de 2007 sobre «La situación de los refugiados en España», presentada por el presidente de CEAR Sur, Alberto Revuelta, con motivo del Día del Refugiado, encierran historias como la de Jairo y examinan asuntos como «la crisis de los cayucos, la odisea del pesquero Francisco y Catalina, el exiguo porcentaje de estatutos de refugiados que España otorgó en 2006 o la crisis de derecho de asilo en Europa».

Desde el 11-S, los mares y los muros se han impuesto sobre el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que recoge el derecho de toda persona a salir y entrar de su país. Un dato: Alemania en 1995 acogió el mismo número de inmigrantes que toda la UE en 2007. Mal número, el 13, para un derecho universal. Así las cosas, tanto el informe como la declaración son poco más que «botellas de náufrago lanzadas al mar».

"Lo benigno" de "los días señalaítos"


El Puente de Isabel II presume recreándose con su reflejo sobre el Guadalquivir. Por San Jacinto, la gente comenta a sus convecinos que esperan verlos, como cada año. Carteles en los bares, en Pagés del Corro, en Alfarería... Los turistas que pasean por las calles perciben en el ambiente que algo sucede. Esto es Triana. Y Triana está de Velá.

El histórico barrio hispalense vive en fiesta, desde la calle Betis a la Plaza del Altozano. Teatro, actuaciones musicales, concurso de baile por sevillanas, ciclo de cine, cucañas sobre el río, concurso libre de pesca fluvial, certamen de cerámica, trofeo de fútbol sala y balonmano playa, la clásica ciclista y los tradicionales cultos en honor de la Señora de Santa Ana componen, a grandes rasgos, el programa de actividades.

Un sendero de luces y farolillos guían al transeúnte desde el Puente de San Telmo, de aspecto serio y solemne, hasta el alegre Puente de Triana, vestido de luces y faroles. Entre ambos, una veintena de casetas, ataviadas para la ocasión, preparadas para la alquimia de mutar la calma de la tarde, al abrigo del río, por la «alegría» del gentío sediento de conversación y fiesta. Porque Triana es eso. La Sevilla más íntima. El sentimiento que guardan los recovecos de las calles. Un gran dolor milenario escondido tras una sonrisa. Melancólica alegría. Y alegre melancolía.

Puestos de churros y chocolate; avellanas verdes; gente expectante tras el monumento a la Gitana, recelosa este año de que sea el torero el que salga en todos los carteles, altivo, en el Altozano; sardinas asadas. La estampa de la Triana de la Velá y de la Velá de Triana. «Vamos al bicheo», exclama un vendedor en su puesto.

Otro de los puntos de interés se localiza en el epicentro de la calle Betis. La tradicional cucaña ocupa la atención del personal y los curiosos se agolpan para ver si los concursantes consiguen hacerse con la banderola. La mayoría acaba en el río, con el «uy» del público de banda sonora y la risa cómplice de quienes observan.

En la calle Pureza, en el templo de Santa Ana, cientos de fieles se congregan en el templo del siglo XIII, el más antiguo de Sevilla. El olor a incienso acrecienta la prisa de retrasadas devotas que llevan a sus nietos, vestidos de domingo, a continuar con la tradición familiar, como años atrás hicieron los abuelos que ya no están. Saliendo de Pureza, los ojos chocan de frente con el conjunto casi onírico que forman el Guadalquivir, la Giralda y la Torre del Oro. Entretanto, el río reluce y deslumbra a la espera de la noche en que esconderse, ayudado por el ocaso de este suave sol de julio, como si fuese unos ojos verdes emocionados a punto de romper en llanto. Entonces, el sol se esconde.

El fresquito de la tarde hace que, poco a poco, la Velá vaya desperezándose y despertando. Las tranquilas tardes dejan paso a noches de bullicio y desenfreno. Comienzan las horas mágicas de «los días señalaítos». Ayer tocó Júnior en el cierre de fiesta, tras dos años alejado de los escenarios por enfermedad, y las calles estaban llenas de gitanas guapas, pequeños raperos, estética cani, sevillanitos, sevillanos, turistas... trianeros todos de la Velá. La gente en las casetas se preguntaba qué hará este año el Betis, «maldita sea la gracia de ‘donmanué’», y si el Sevilla, otro año más, «sí o sí», va a seguir abonado a viajar por Europa. Esta noche tocan sevillanas, con Albahaca, Los Marismeños, Los del Guadalquivir y Brumas.

«Cerrado por Velá»
Más de 3.000 personas acuden cada día a la cita trianera, según el Ayuntamiento. Pablo, el propietario de «La primera del puente», este año no va a trabajar durante la celebración. Ya se quejaba hace un par de ediciones. «Hay más gente por la zona, pero gastan menos en bares». Esta vez, un cartel revela que ha optado por descansar. «Cerrado durante la Velá. Disculpen las molestias». La primera, este año, tiene que ser del Kiosco de Las Flores en adelante.

Los operarios de Lipasam no descansan por fiesta. Doblan los turnos. Los repartidores de cerveza también multiplican esfuerzos: unos 24.000 litros del fruto de la cebada se dispensarán hasta el jueves que se clausure esta edición de la última velá histórica de la ciudad, de cuantas había cuando no se celebraban más fiestas que el Corpus y la Virgen de Agosto.

Más de 30 años lleva Francisco Martín viniendo, «natural de la calle Castilla». Paco añora otros tiempos, «de puestecillos y tómbolas y hasta un ring de boxeo» y «niños con alpargatas de goma». José Manuel Quintero, sanjuanero de Pilas, pileño de San Juan, a estas alturas de la película añora poco y agradece todo, «recién salido del hospital». Acaba de comprobar lo certero de uno de los axiomas de Woody Allen, hijo de esa Triana grande que es Nueva York: «Lo más bonito que te pueden decir en la vida no es te quiero, sino es benigno». En el dialecto trianero, se dice de otra forma y seseando: «Niño, vete pa’ la Velá, que tú lo que tienes es cuento».

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