A un lugar de Sevilla cuyo nombre recuerdan los más viejos del lugar como la Plaza Nueva llegó ayer un «alquimista» de los de pluma como lanza, sentimiento como escudo, gafas de pasta de diseño y ojos vivos y dijo: «Escribo porque me recompongo mirándome en el espejo de la cuartilla». El escritor y periodista Juan José Millás abrió la Feria del Libro de Sevilla 2007 –en su habitual emplazamiento tras el «exilio» del pasado año por las obras de peatonalización–, dedicada a la Generación del 27 y, en concreto, al poeta Vicente Aleixandre, cuando se cumplen treinta años de la concesión del Nobel al autor sevillano.
Millás explicó en su pregón que «cada dos o tres años», le llama el becario de algún periódico para preguntarle «por qué escribe, como si el hecho de escribir fuera algo raro». Y explicó que ha llegado a la conclusión de que tiene «una personalidad fragmentada y al escribir se forma en él algo único y con significado». Habló de «la existencia de una catástrofe real o imaginaria en un tiempo remoto de la vida de todo escritor» y confesó que «la escritura es una venda que intenta acercar los bordes de esta herida». «Para el lector, el libro ofrece una imagen articulada de la realidad», comentó el periodista y escritor. Además, quien lee «goza de un espacio de libertad porque ve cosas que antes no veía».El autor defendió que «vemos lo que dicen que veamos» y en los libros se va más allá rompiendo las imposiciones sociales y culturales, «como en ‘El traje nuevo del emperador’ de Andersen». El pregonero, que de sencillo que es resulta complejo, recordó con su intervención los versos cumbre de Octavio Paz: «La transparencia es todo lo que queda». «Las palabras generan realidad y la ausencia de palabras, también».
El escritor estuvo acompañado por la consejera de Cultura de la Junta, Rosa Torres; el delegado de Cultura del Ayuntamiento, Juan Carlos Marset; y el presidente de la Asociación Feria del Libro de Sevilla, Francisco Vélez Nieto. Rosa Torres destacó en su intervención la importancia de la literatura y de los escritores como «pontífices», etimológicamente, «constructores de puentes» entre las personas. También se dieron cita en el lugar representantes públicos como Antonio Rodrigo Torrijos, Francisco Manuel Silva, José Antonio Viera o Manuel Marchena, en esta ocasión en representación del mundo de la política y no del cuento literario.
Tras las intervenciones, tuvo lugar un paseo por el recinto de la Feria del Libro, un enclave donde los vagones del tranvía cobran sentido –aunque no quepan por la intersección entre la avenida de la Constitución y la Plaza Nueva– y se convierten en biblioteca. Hasta el 20 de mayo el «tranvía de los libros» permanecerá en la ciudad, con su imaginario revisor llamando «lectores al tren. Próxima estación: la palabra».