náufrago de arena

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Nombre: Miguel

jueves, mayo 22, 2008

Bajo las secuelas del efecto Tremendo

El escaparate de la librería Regueras, especializada en literatura cinematográfica, tiene la clave del «fantasma» que recorre la ciudad. Entre los guiones de Stanley Kubrick, la biografía de Mae West y los libros sobre los Oscar, una obra de María Luisa Ferrerós diagnostica la situación que se vive en los veladores de los bares: «Tengo miedo». De Santa Catalina a la Alfalfa, pasando por El Salvador.

La librería linda con la cervecería El Tremendo –especializada en cerveza fresquita y con más de medio siglo de servicio–, clausurada a principios de mes por no adaptar el local a la Ley de Potestades Administrativas en Materia de Actividades de Ocio en los Espacios Abiertos, denominada también con el nombre más de andar por casa de Ley Antibotellón.
El cierre de la histórica cervecería situada frente al Archivo Histórico ha supuesto un punto de inflexión no tanto en lo que se refiere a la aplicación de la normativa por parte de la Administración municipal sino en las medidas de prevención ante las posibles sanciones por parte de los bares. El efecto Tremendo.

Los propietarios saben que si ha caído el bar de San Felipe –junto a cuya acera los sevillanos han visto cómo se ponía el sol tras lo que iba a ser «sólo una ‘paraíta’ a la salida del trabajo»–, puede caer cualquiera aunque Sevilla sea una las ciudades de Europa con más bares por habitante y la economía local gire en torno a las hostelería y el turismo. El mismo barrio de Santa Catalina, antes de la «ley seca», espacio en el que se congregaban habitualmente varias decenas de personas cerveza rubia en mano, ha cambiado totalmente su fisonomía. Sólo bebe en la calle quien está al resguardo de un velador. Sólo se sacan a la calle bebidas en vaso de plástico, aun a riesgo de multa al consumidor en determinadas horas del día. La máxima de los vecinos de la zona es que «se cumpla la normativa y la gente beba dentro de los bares».

Los establecimientos aledaños a El Tremendo, a diferencia de éste, se adaptaron a la legislación mes y medio después de la inspección de la Delegación de Medio Ambiente. El Cangrejo y La Cabaña sólo permiten beber dentro del local o en los veladores. El Tremendo está demasiado cerca para olvidar las sanciones administrativas y los vecinos «acechan» quejosos por el ruido de las personas en la calle.

Según los vecinos, el local clausurado tiene permiso para tres veladores con cuatro sillas cada uno. En la puerta de El Tremendo, un día normal, antes del cierre podían congregarse 50 personas. Actualmente, se junta más gente frente a la heladería Rayas que en las inmediaciones de los bares del barrio de Santa Catalina.

En la Alfalfa, la estampa común ha pasado a ser la del cliente sentado en un velador. Cuando llega la noche, un clásico de la movida sevillana como el Bare Nostrum recurre a un portero para evitar que se produzcan «desajustes» que vulneren la normativa. Estar en la calle con un vaso lleno de alguna bebida espirituosa se considera «reunión», aunque sea con uno mismo, según aplicación «tajante» de la norma por parte de algunos agentes de la Policía.

En El Salvador, las mesas de pie de La Antigua y Los Soportales compiten con los veladores de La Alicantina y La Universal. La Ley, de momento, no impide que la plaza siga presentando el aspecto típico de una ciudad que vive de cara al sol y que, pese a ser parte de Europa, cuenta con un tempo y husos horarios más próximos a África. La diferencia es que, ahora, la gente que no cabe en las mesas altas se sirve de los vasos de plástico para refrescarse sentada en un bordillo o a los pies de la iglesia, observando la estatua pensante de Martínez Montañés.

Entre El Salvador y Santa Catalina, la placa a Cernuda de la calle Acetres define la situación de los «devotos» de El Tremendo: «Al poeta ejemplar del amor, el dolor y el exilio». El cierre de El Tremendo también ha sido «ejemplar», ha provocado «dolor» y ha llevado a muchos al «exilio». Los dueños del bar ya se han puesto en contacto con Medio Ambiente para normalizar la situación. En unos meses, el cierre será historia, aunque sobre los bares seguirá pesando, disuasorio y servido en vaso de plástico, el efecto Tremendo.


viernes, mayo 16, 2008

"Temporada" de rumanos en El Gordillo

Los gitanos dejan en la tierra huellas de nómada. Muchos van descalzos y en las pisadas sobre la arena se resume una forma de vida. En los olivos, ven cobijo y sombra. Junto al agua, los cimientos mínimos para montar una chabola o una tienda de campaña. Pertenecen a ninguna parte, pero les dicen «rumanos».

Los vecinos de El Gordillo avisaron ayer de la existencia del mayor asentamiento chabolista de Sevilla. Entre 150 y 300 chabolistas rumanos subsisten junto a un antiguo vertedero, donde utilizan una balsa de riego para asearse. Presuntamente roban cultivos, maquinaria agrícola y gasóleo en las inmediaciones.

Muchos llevan meses en la zona, yendo y viniendo, de ida o de vuelta. Nunca son todos los que están, por eso, ahora, con el fin de la campaña de la fresa en Huelva; la llegada de un grupo procedente de Brenes –al parecer tras detectarse un brote de tuberculosis–; y los últimos desalojos en los bajos del puente Juan Carlos I -donde bajo el nombre del monarca se dan las más altas cotas de pobreza- han alcanzado su volumen de densidad demográfica más alto.

Algunos resultan amistosos; otros tienen miedo; los más dan miedo. Los chabolistas, según recoge Efe, realizan «robos menores pero continuados» de patatas y fruta de las plantaciones de la zona, piezas de maquinaria agrícola para venderla como chatarra, y también roban sus herramientas, gasóleo y palés de materiales a las plantas de áridos.

Los habitantes de la zona aseguran que los chabolistas también rebuscan habitualmente en los contenedores de basura, dejando esparcidos por el suelo los residuos que hasta el hambre rechaza. Los cíngaros errantes han ocupado una finca de unas tres hectáreas que es propiedad del Ayuntamiento de La Rinconada. Los denunciantes dicen que el Ayuntamiento «no quiere o no puede desalojarlos», a pesar de las numerosas quejas. Los agentes de la Benemérita, por su parte, evitan que los rumanos construyan caminos alternativos hacia la zona poniendo en riesgo la circulación por las carreteras inutilizando los arcenes.

La Guardia Civil también acude al asentamiento en busca de los autores de determinados delitos. El pasado lunes, sin ir más lejos, se investigó entre los rumanos el robo de una caja fuerte en Alcalá del Río.

A la espera de la adopción de medidas oficiales, varios centenares de personas de todas las edades acampan en un antiguo vertedero que se selló y reforestó y oficialmente es una zona protegida. En principio, la Guardia Civil protege a los vecinos de los pequeños robos. Falta por dilucidar quién protege a los rumanos de la infravida y si hay que protegerlos. El tiempo, pronto, borrará las huellas en la arena y el hambre se llevará a los gitanos a otra parte con la misma historia.

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