En Japón, con la llegada de la primavera, celebran la fiesta del hanami y se vive el nacimiento del cerezo en flor como un acontecimiento espiritual. Su belleza y brevedad constituye el símbolo de los días más felices de la vida.
A Raúl, como a los emperadores de la dinastía Ming, ya nadie le nombra. En la “casa blanca”, le llaman el 7. El innombrable. El jefe de todo. El emperador de todo. Ahí está la raíz de que el día en que cumplía 31 años, ironías de la vida, viera vía satélite la eliminación de Italia a manos de España, a manos de san Iker Casillas, brazalete de capitán en el brazo izquierdo, en el Campeonato de Europa, el Viejo Continente que siempre estuvo -¿te acuerdas?- rendido a sus pies.
Fernando Ruiz Hierro lo avisó cuando se fue. Mis cifras durarán poco, porque por detrás viene un Ferrari. Hierro, el mejor utilitario de la historia de España, el Cuatro Latas que competía con vehículos de alta gama, con los codos en alto, acertó de pleno. Y el Ferrari –hasta entonces bajo la protección de Hierro- fue batiendo, uno a uno, todos sus registros. Igual que los zahoríes saben encontrar el agua, Raúl sabía, siempre, encontrar el gol. A la sombra de los galácticos, que nunca le hicieron sombra.
El Ferrari también heredó el brazalete de capitán en el Madrid y en la Selección. De la edad de Hierro se pasó a la edad de bronce, del bota de bronce europeo. Y él, nacido para jugar, sintió el veneno de la soledad que deja la responsabilidad total. Jorge Valdano lo describió con su prosa fácil. Ser capitán del Madrid es mucho más que llevar el brazalete. Es ser el responsable último de cada uno de los detalles de uno de los tres o cuatro clubes más importantes del mundo, si no el que más, del que depende parte de la felicidad de millones de personas.
Más allá de la responsabilidad en el terreno de juego, donde sólo vale ganar o ganar, ser capitán del Madrid conlleva conocer cómo está el hijo del utillero; cómo lleva la hipoteca el fisioterapeuta, y, por supuesto, el divorcio del taquillero y el fallecimiento del hermano del jardinero. Todo el mundo acude al capitán, galácticos aparte.
En la Selección, se instaba a Raúl a “tirar del carro”. Dice el Buitre, que también vivió bajo el signo del 7, que la tranquilidad es poder, que la energía es limitada y debes orientarla a lo que te interesa. Los que no se enteran de nada tienen ventaja, aseguran los entrenadores de atletismo al comparar a Asafa Powell –susceptible en las grandes citas, derrotado ante la presión- con el imparable Bolt. El capitán, poco a poco, de tanto pensar, se fue olvidando de jugar, dejó de ser un niño que juega, convirtiéndose en un mulo de carga que durmiendo en hipoxia intenta driblar el paso del tiempo, en algo similar al firmante del anuncio de “Perico, el apañao: cuidado de ancianos, reformas, despedidas de soltera”; ahora media punta, ahora por la derecha, ahora por la izquierda, siempre lejos del balón.
Los futbolistas son cometas que se extinguen. Raúl era un Tintín con el alma grávida de un Haddock. Decía Plutarco que “la belleza de Cleopatra no era tal que deslumbrase o que dejase parados a los que la veían; pero tenía un atractivo inevitable y su figura parecía que dejaba clavado un aguijón en el ánimo”. Algo así era el 7, algo así como fue Cleopatra VII. Aplicable a él hasta aquello que sostenía Pascal: “Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, la faz del mundo habría cambiado por completo”.
Dice Guardiola que Raúl volverá en cualquier momento, como la gitana del Prado vende flores que no se marchitan y amores eternos. Efectivamente, la sombra de Raúl es alargada, pero Raúl no volverá a ser Raúl hasta que vuelva a ser un niño; y ya vamos tarde. Según los físicos, la luz se escapa fácilmente, y la cuestión es lograr la jaula ideal para ella.
Todo se resume en el poema de Octavio Paz “Niño y trompo”: "Cada vez que lo lanza/ cae, justo,/ en el centro del mundo". Raúl, como ya no es niño, no tira el trompo y cuando lo tira no cae justo en el centro del mundo; por más que ande como Bobby Fisher en Washington, moviendo el peón del alfil de la reina negra para construir una defensa siciliana. Raúl –nacido un 27 de junio de 1977 y nacido para el fútbol de élite con 17 años- vive sus últimos días de gloria bajo el signo de “El séptimo sello”, como el caballero que vuelve desencantado de las Cruzadas y reta a la muerte a una partida de ajedrez mientras se cuestiona la existencia de Dios, la existencia del fútbol, bajo el signo del 7, bajo el signo de la flor del cerezo.
Al verme frente a la estatua pregunté a ella - y a mí -: ¿por qué no gritas si te retuerces de dolor, si te duele el dolor? El busto me miró y, de soslayo, mostró una sonrisa. Contestó: ¿Quién es la estatua? ¿Eres tú la estatua o la estatua soy yo?
Julio estudió la medicina de la materia antes de descifrar las claves y el misterio del alma. En su compleja y poética sencillez Julio enseñó que el amor de verdad es hipérbole y que, por ello, sólo se puede vivir en los polos, en los extremos. En el Círculo Polar Ártico, donde nunca se hace de noche. Y en la noche de los sexos y el deseo, Julio enseñó las entrañas de la pasión con sensibilidad suficiente para recordar al universo que lo más triste del mundo es no poder comer paella porque siempre es para dos. Julio, el amante del Círculo Polar Ártico. Julio y el sexo. Julio, el mismo que estudió medicina para crear vida y después se dio cuenta de que ya creaba vida con su poesía.
Existe una pregunta subversiva y audaz; una duda a un tiempo metódica y existencial. ¿Los estados y sus gobiernos se han tomado el mismo interés -con reuniones urgentes, medidas inmediatas, inyecciones de liquidez- en salvar a los pobres ricos que a los pobres pobres? O lo que es lo mismo, ¿nos tomamos el mismo interés en rescatar el sistema financiero y el capitalismo que en erradicar la pobreza y el hambre? Pues eso.
Corría el minuto taytantos de la primera parte, pero el que de verdad corría era Messi. El tiempo y el espacio se pararon. El capitán Puyol convirtió en certero pase al pie un despeje en plancha con el pecho, y con dos huevos. Carles Puyol, samurai reconvertido en futbolista, planea al viento. Esto es sólo un prólogo, el resto es historia. La historia del no-gol de Messi.
El balón llegó a Lionel en el centro del campo. El tiempo se detuvo porque Messi corre más que el tiempo. Messi vuela. Uno, dos, tres, cuatro defensores del Atlético observando el cogote de “la pulga” más grande que jamás haya existido y la cintura de Ujfalusi por méritos ajenos pidiendo cita a la historia, como la cintura de Alkorta, que aún busca al dios Romario, o el tronco entero de Bogarde aún busca a Alfonsito –qué bonitos, qué bonitos…- tras las medias verónicas en que convirtió el último taconazo de Cuellar en la élite. La cintura de Ujfalusi fue tres veces rotas por Messi en una jugada. Derecha, izquierda, derecha. Y tres veces rota antes por Iniesta, hijo de la luna. Izquierda, derecha, izquierda. Es lo que tienen los zagueros tipo Gengis Khan, a nada que llega un niño y les mueve la pelota, se marean. El fútbol es cosa de niños.
Ujfalusi a un lado, Messi de frente. Adelante, siempre. Coupet –que no es un coche, sino un portero- sale desesperado. Messi pica. Han pasado cinco segundos desde que la pulga atómica cogió el balón en el centro del campo. En el segundo seis, el balón se marcha lamiendo el palo izquierdo de la portería del Camp Nou. El Kun Agüero mira desde la otra portería con las manos en jarra. Hubiera sido el 5-1, el 6-1 o el 7-1. Poco importa. En el Barça-Atlético de Madrid se marcaron más de media docena de goles, hubo varios balones al palo y un recital azulgrana. El tiempo sólo recordará el no-gol de Messi.
Las cosas no son como son, sino como las recordamos. “La verdad puede ocultarse, pero no extinguirse”, que decía F. Lloyd Wright. La imagen más impactante del inicio de Liga de cara a ese espejo –que es la historia- que siempre aguanta la mirada y siempre se repite, eterno retorno, es la de Albelda –el 6 del Valencia- sin el brazalete de capitán, que viene a ser algo así como ver a Alfredo Landa sin pelo en pecho o, peor, a Fernán Gómez sin mala hostia. Les falta algo o, más bien, les falta todo.
La mirada que sólo ve el presente es limitada. (El sabio observa las cosas desde un tiempo eterno. Si no, que le pregunten al viejo Zapatones, campeonísimo de Europa con “el culo pelao”). El presente es Albelda sin brazalete, la portería sin Cañizares y Angulo ejerciendo de polivalente en el banquillo. Los apartados –apestados- del pasado año. Los insumisos de la dictadura del cortijo. Los que gritan ante la espiral del silencio.
El año que Albelda alcanzó la primera final de la Copa de Europa, el hasta hace poco máximo accionista del Valencia, Juan Soler, jugaba al juego de los ladrillos, como si fuera un tente, con el dinero y las promotoras de papá Bautista. Albelda sudaba la camiseta jugando la pelota; Soler jugaba a dar pelotazos (urbanísticos). El día que Albelda disputó su segunda final de Champions, Soler le vio en la tele, digno en la derrota, levantando a los compañeros tras los penaltis, ejerciendo de capitán. Quizás ese fue el día en que Juanito Soler le pidió a papá Bautista que le comprara el Valencia. Es lo que tienen los niños de su padre, sin infancia ni amigos con los que llorar las finales, que creen tenerlo todo –hasta sensibilidad, talento y estilo- y, en su pestilente patetismo, se afanan en ir de perdonavidas por la vida. Hordas de la muerte con envidia de pene que jamás han empatado con nadie.
David Albelda, cansado de partirse la cara por los compañeros sin compromiso que por él no la dieron, ha rechazado el brazalete del Valencia, que es como arrancarse el alma a jirones, y ahora habla en silencio. Dice por lo que habla, dice por lo que calla. Juega y corre, a la espera de que se le vuelva a aparecer el dios fútbol. Extraño en su casa, incómodo en su cuerpo, como el convicto que sale de la cárcel y cada día tiene que redimirse del pecado original de llamar pan al pan y vino al vino. Como el hombre que no pudo jugar la Eurocopa que su país ganó.
El Valencia, tras la dictadura del miedo, vive en un estado de Transición, reconciliándose con la grada y el juego, con Villa y Mata como figuras y a la espera de los mejores Vicente, Joaquín y Silva. (Lo mejor de cada casa, lo mejorcito de las mejores escuelas de los cuatro puntos cardinales del país). El entrenador, Unai Émery, en un ejercicio de diplomacia o pusilanimidad -ahí llevas el palabro-, con el hedor a muerte todavía en casa, aseguró que todos los jugadores son capitanes. “Y dos huevos duros”. Transiciones aparte, los hombres de mar dicen que un barco sin capitán siempre será un barco fantasma. También dicen los marineros que el grumete que se salta la pirámide social y planta cara a un almirante es un héroe o un loco, o las dos cosas. El alto cargo que se enfrenta al obrero es un cobarde. Las reglas básicas de la dignidad. El Valencia tenía un gran capitán, y lo mataron. La libertad y el honor tienen un alto precio. Mas la historia juzga, y a unos absuelve y a otros condena. PD: Nos vemos en el infierno.