náufrago de arena

Mi foto
Nombre: Miguel

sábado, enero 31, 2009

Tras el lunar de tu cuello se esconde el inicio de tu laberinto; / el cabello desde el que llegar a tus ojos, tus pupilas, / el piercing de tu lóbulo. / Tras el color sepia de tu cuello brota un lunar desnudo de deseo. / Tras el principio de tu cuello nace el primer confín del universo. / Tras los lunares todos de tu cuerpo se teje el hilo que guió a Teseo.

lunes, enero 19, 2009

El hotel de los toreros se viste de luces

Un día Catherine Deneuve guiñó un ojo a Cándido y otro al tiempo en el Hotel Colón de Sevilla llevando a su máxima expresión el concepto «comunicación no verbal», parando los minuteros y los segunderos de los relojes y los sístoles y diástoles de los corazones, desde la moqueta que conducía al ascensor. Deneuve ascendió a su habitación y José Cándido Remujo -conserje del hotel, licenciado en «mundología» por la escuela de los días y la orden de las llaves en la solapa– comprendió que otro cliente –y «qué cliente»– quedaba satisfecho. Así viene sucediendo desde 1929. Así seguirá siendo de nuevo a partir de la primavera de 2008, cuando el Colón reabra sus puertas tras ocho meses de reforma, de simbólico embarazo prematuro para dar a luz el segundo hotel de gran lujo de la ciudad, junto al Alfonso XIII. Desde el 1 de julio, el hotel de los toreros se viste de luces.

«El Colón no es un hotel cualquiera», explica Javier Tenza, gerente del complejo. «Es más importante el nombre que las estrellas. La idea es incrementar el segmento gran lujo». Para ello, el Colón pasará de las actuales 218 habitaciones a 189, con 39 suites, «manteniendo la esencia y la idiosincrasia del establecimiento». Un estilo propio ligado de forma indeleble a lo taurino, como «punto de reunión de ganaderos, apoderados y toreros». «El Colón tiene vida propia de la mano de la Feria de Abril y supone un enclave estratégico en la ciudad», cuenta Tenza, llegado desde México hace tres años, tras hacer escala profesional en Madrid, Barcelona y Caracas desde su Baleares natal, que el camino más corto de Palma a la ciudad de la avenida de la Palmera pasa por el Hotel Colón. «Va a ser el mejor alojamiento de la cadena Sol Meliá y, seguro, el mejor de la Andalucía urbana». La idea es «romper con todo», hacer un hotel «moderno y práctico sin caer en el minimalismo», explica el gerente. Otro de los objetivos es «convertir el hall en punto de encuentro de la sociedad sevillana, como antes».

Antes, el Hotel Colón se llamaba Majestic, cuenta Paco, 36 años en la casa, 14 como responsable de barra de La Tasca de El Burladero, paso previo hasta la reforma de 1985 por el restaurante. El Majestic nació de la mano de la Exposición Iberoamericana de 1929. Tras la Guerra Civil, Timoteo Torres y su hijo Pedro «se lo quedaron» y «compraron el patio de la Iglesia de la Magdalena». Durante la guerra, el Majestic fue sede de las tropas italianas. «En esa época sí se ganaba dinero. Salían 100 soldados y volvían 40». El hotel gana, como la banca. Se acabó la contienda y el establecimiento se rebautizó como Hotel Colón, que eso de Majestic quedaba «demasiado de fuera, demasiado de la República». Después vino la reforma de Detursa, la compra por parte de Tryp y, posteriormente, Meliá asumió el negocio.

Paco –que es uno de los 65 trabajadores fijos, aparte de los 20 discontinuos, para los que se ha acordado un expediente de regulación– entró como aprendiz con 16 años. Cuenta que la mejor época que recuerda fue «hace 21 años, con la reinauguración». «¿Vivencias? Infinitas, pero eso es mío». Durante estos ocho meses, Paco piensa operarse por fin los ojos, cansados del paso de los días tras el burladero de la barra. «Veo menos que Paquirri boca abajo».

Abriendo la puerta a la historia
A Paquirri y a la mayoría de las personas que han marcado la «intrahistoria» del Colón les ha abierto la puerta Juan José Sosa desde enero de 1973, que contaba 13 años y entró en plantilla como mozo. Entonces trabajaba de 16:00 a 00:00 porque «no tenía el tríptico de menores» al no cumplir los 14 años legales para trabajar hasta el 14 de octubre, «que también nació una ilusión» como dice el himno del Centenario del Sevilla. Juan José es bético y ese día lo que nació para él fue «la posibilidad de ganarse las papas». Trabajó como botones; pasó a El Burladero hasta que entró en el ejército; después trabajó en el economato del hotel, hasta que en 1987 comenzó a trabajar como portero. Y ahí sigue, en la puerta, donde vio pasar a Felipe González, a Lola Flores, Montserrat Caballé, Peter O’Toole, Ernest Hemingway, Ava Gardner, los Príncipes de Asturias o la madre del Rey, Doña María de las Mercedes, «que le encantaban las cabrillas de Camacho». Juan José, a sus 47 años, lleva tantas reformas como copas de la UEFA el Sevilla y se muestra dispuesto a estar en «la tercera reforma» del hotel que nació con la Segunda República.

La vista en el horizonte
Un día regaló a Arturo Pérez Reverte una insignia de solapa con dos llaves doradas y el de Cartagena le correspondió con un artículo. José Cándido Remujo cumple a «rajatabla» la máxima de «es de bien nacidos ser agradecidos» y no para de nombrar a su «maestro», «uno de los grandes conserjes de la historia de España», Gaspar García, manteniendo siempre, en palabras del académico, la «sutil distancia entre servilismo y profesionalidad», como el conserje Grüber del Club Dumas.

Cándido es uno de tantos hijos de la inmigración. Lleva 20 de sus 42 años en el Colón. Regresó de Alemania en el 79, con la recién nacida democracia y con mayoría relativa en el Congreso y absoluta en el Senado de la UCD. De los «tiempos difíciles» lejos de la tierra, conserva el «rédito» de los idiomas. «Cada día es un reto». «Atendemos las necesidades del cliente, que, en ocasiones pide las cosas más variopintas», explica. Desde una pedida de mano en la ruinas de Itálica con mensaje en avioneta incluido a las gestiones para un viaje Sevilla-Málaga en jet privado. El Colón se viste de luces y se lava la cara, pero dentro de ocho meses, la bienvenida será la misma: «¿Puedo ayudarle en algo?». A veces, por ello, Catherine Deneuve en vez de gracias, guiña un ojo y detiene el tiempo.



martes, enero 13, 2009

Los pies por delante

Dicen los estudios que faltan sepultureros y lo que sobran son muertos, bombas en aeropuertos, accidentes de tráfico y degüellos en el tajo. Un, dos, tres y hasta cuatro curritos de esos que salen de casa antes que el sol han perdido –o les han robado– la vida en apenas 48 horas en Andalucía. Salieron a ganarse el pan nuestro de cada día y volvieron con los pies por delante, listos de papeles, a la espera de la extremaunción. Amén.
Los que mandan sacan pancartas tras cada muerte, con las campanas del reloj del Ayuntamiento sonando a réquiem. «No más muertes en el trabajo», callan en cada minuto de silencio que guardan. Entre enero y noviembre del pasado año, 141 momentos de silencio sepulcral, uno por cada traje de madera de pino, por cada trabajador muerto. Faltan sepultureros.
La bonanza económica española se basa en la especulación, en las construcciones a bajo coste y las hipotecas por las nubes. El crecimiento económico se sustenta en el jugarse la vida de cada trabajador, en el «te contrato cuatro horas y trabajas doce», en el recorte de gasto en medidas de seguridad, en hacer equilibrismo sin red, que si no lo haces tú lo hará otro. El milagro español se basa en aumentar la demanda de enterradores, que, oiga, faltan sepultureros.
A principio de semana, un trabajador degollado. A mediados, un electrocutado y otro atropellado. A finales, otro accidentado y a la espera estamos de algún último cadáver a los postres. Medidas, casi ninguna. Lamentaciones, todas.
Los comités de empresa ya van recomendando que, junto al martillo y el cincel, se lleve siempre una carta, por lo que pueda pasar. Sugieren que comience como aquélla que guardaba el capitán Scott en su periplo suicida por la Antártida: «A mi viuda». Al final, se puede recordar a los huérfanos que la situación no es tan grave, que hay puestos de trabajo libres como matarife, lavacoches o colocador de carteles. Y en la posdata: «También faltan enterradores. Recuerdos a los políticos y empresarios con piel de buitre y lágrima de cocodrilo». Firmado: el difunto.

domingo, enero 11, 2009

El gran dictador

Cuenta Geraldine Chaplin que su padre “quizás tuvo tantos hijos para siempre tener público”. Chaplin es un genio y los genios, más que nadie en el mundo, necesitan querer y sentirse queridos. Por eso, Chaplin, tímido y provocador a un tiempo, jugaba a ser el centro de las reuniones y cualquier encuentro o acontecimiento cotidiano derivaba en espectáculo mágico. Porque necesitaba público, para que lo quisieran, regalaba felicidad en forma de sonrisa, que el tiempo que reímos, dicen los chinitos o los ‘japonesitos’, es tiempo que pasamos con los dioses. Un día Chaplin jugó a ser Hitler. Entonces, se quitó el traje de vagabundo y realizó la interpretación más memorable de la historia del cine de un dictador . Los dictadores son lo que el genio pero al revés: necesitan sentirse queridos y, después, si acaso, querer, aunque sea un poquito.
Estos días, el presidente de Guinea Ecuatorial Teodoro (dios dorado) Obiang ha firmado otro “autorretrato de dictador” en Madrid. El hombre que derrocó a su tío mediante un golpe de Estado instaurando un régimen que no repara en recurrir al terror y la tortura se presentó en España amparado por la célebre frase de Groucho Marx: “Estos son mis principios; pero, si no les gustan, tengo otros”. Pero, claro, a la gente, que se vaya por ahí torturando y, encima, diciendo que se ganan elecciones con un 99’5% de los votos, pues no les hace ni puta gracia. Es lo que tiene el egoísmo existencial, que por mucho que Woody Allen diga que el onanismo es hacerse el amor uno mismo, al final de la partida el que no da nada, no siente nada acompañado y mucho menos solo. Entonces se recurre al esperpento y se montan desfiles militares, se construyen monumentos megalíticos, se llenan los ríos de peces o, como hizo Obiang, se reparten 50.000 euros en un momento entre los abnegados que aplauden, que, total, paga el pueblo. Y todo para que te quieran, cuando eso ni se pide ni se compra, eso se da.

Free Web Site Counter
Counter