náufrago de arena

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lunes, marzo 30, 2009

Crónicas de la Liga: qué bonitos, qué bonitos son los goles de Alfonsito



Era un mago llamado a suceder a Butragueño, que era un brujo. Ningún futbolista se ha roto tantas veces de gravedad y se ha levantado tantas veces, desafiando a la ley de la gravedad y la gravedad de la ley de Murphy. Cosa de magos y de botas blancas. El tronco entero de Bogarde aún busca a Alfonsito –qué bonitos, qué bonitos…- tras las medias verónicas en que convirtió el último taconazo de Cuéllar en la élite. Bien es cierto que la posición natural de Bogarde era la de valla de publicidad. El campo del Betis tiene buenas vallas, así que ese día jugó de central. Pero da igual, aquel día, Beckenbauer tampoco lo habría evitado. Ángel (caído) Cuéllar recogió un balón en el flanco izquierdo del área grande. Taconazo hacia el punto de penalti. Alfonso esconde el balón con su cuerpo, de espaldas a portería, en movimiento. Media verónica y tres toques después, el balón estaba dentro, Bogarde en el suelo y 40.000 almas gritando “goooool”. No fue un gol, fue una obra de arte. Lo que realmente pasó, sólo lo saben el defensa holandés y su traumatólogo. El truco de un mago con botas blancas. El Betis –que tenía un equipazo: Finidi, Denilson, Alexis...- bajó ese año a Segunda, entre las lágrimas de Alfonso, derrotado por el Real Madrid –su otro equipo- en Heliópolis. Los goles se olvidan con las tragedias, las obras de arte permanecen en la memoria. Eternas. Meses después, con la misma pierna izquierda con que terminó de romper a Bogarde, Alfonso Pérez Muñoz marcó el gol de Alfonso. Su último gol en el Olimpo del fútbol, el que clasificó a España para los cuartos de final de la Eurocopa de Bélgica y Holanda. Era el minuto 94 y estábamos eliminados. Pasamos como primeros de grupo. Cosa de magos.

ojos que no miran;
latir que no palpita;
oídos que no escuchan
miradas que no se reconocen
****en la luz
miradas que no se reconocen
****en la sombra
**************ojos que no miran
oídos que no escuchan
****latir que no palpita
final que no comienza
*****************(aún)*



jueves, marzo 26, 2009

"A nosotros sí nos han condenado a una pena perpetua"

El padre de Marta del Castillo es «un vencido», que no un derrotado. Vencido porque lleva dos meses –desde que desapareció su hija de 17 años– de «calvario» interior, pero sigue «luchando». Los trazos de su encefalograma podrían ser algo así como «el Guernica» de Picasso, pero pintado por el más burdo de los destripadores. Antonio del Castillo habla el idioma de la herida. Siquiera llora, al menos en público, como si no le quedaran lágrimas al hombre que perdió a su hija el 24 de enero y que a cada momento estallaba en llanto cuando pedía «más medios» para buscar a «su niña», mientras apostaba «los dos brazos» defendiendo que «no se había marchado voluntariamente». Entonces sí estaba derrotado, y perdido.

«Perdido» sigue, pero «sólo» vencido. Pese al desgarro sigue adelante, con la esperanza de que el mayor golpe al estómago que una ciudad milenaria, hermosa, dual y contradictoria como Sevilla recuerda –al menos desde el asesinato del concejal popular Alberto Jiménez Becerril y su esposa Ascen; y del coronel Cariñanos, a manos de cobardes tiros en la nuca de ETA– pase de largo. Que la herida cicatrice. Que el dolor se atenúe. De ser una persona «normal, con una vida rutinaria», ha pasado a ser un vivo rutinario. «Estamos sufriendo más de lo necesario. Esto es peor que un atentado o que un accidente». «¿Por qué mi hija?», le repite, católico pero no practicante, a dios. Irremediablemente, «uno se pregunta por qué».

En el alma de los padres de Marta viven los inviernos «más crudos», aunque ya sea primavera. Antonio del Castillo y Eva Casanueva son el ejemplo en vida de que «si el corazón pensara, dejaría de latir». El duelo es «hacer nuestra la existencia de un vacío». No es una cuestión «de los recuerdos o la memoria». El vacío de Marta se llena «de dolor». De «reconstrucciones truculentas» de un asesinato a sangre fría, con alevosía, torturas y está por ver qué más. «¿Qué más?». El corazón late, porque no piensa las posibles respuestas. «Un día tendremos que hacer nuestra vida normal. Lo malo es que cuando te sientas a la mesa a comer, en vez de ser cinco, somos cuatro, la cama está vacía, las fotos de ella, sus cosas, los recuerdos… Tendremos que aprender a convivir con ellos», suspira.

Uno pudiera pensar que la de los implicados son vidas trazadas al contrario. Pero no. De Miguel Carcaño, y lo que representa, y a cuantos representa, como cabeza visible –está por ver si pensante– de un crimen atroz podría pensarse que era un desgraciado. Huérfano de una madre minusválida que vendía cupones y a algunos de cuyos «clientes» les tocaba el premio de ir a su piso de León XIII, según algunos vecinos, «porque era ninfómana», según otros, porque así se ganaba un sobresueldo. Huérfano de un padre del que poco se sabe. Con varios hermanos de distinto progenitor; uno, Javier, vigilante de seguridad, detenido por su presunta colaboración en el crimen. Un chico, al fin, de infancia difícil, que «mentía a sus amigos diciendo que sus padres murieron en un accidente». Pero no. Carcaño no era un desgraciado. Miguel, es más bien, con permiso de la RAE, un «desgraciador». Una persona que a su alrededor siembra desgracia.

«Nos han destrozado la vida a todos y para siempre. Nosotros ya tenemos una cadena perpetua. Mi hija, también. Pero ellos, no. Ellos tienen todos sus derechos. No es que no tengan que tenerlos, pero es que están más protegidos los delincuentes que las víctimas», clama el padre de Marta.

A estas alturas del crimen, el cuerpo de Marta del Castillo ha debido perder todos los colores. Dicen que la muerte es transparente. Con la fe que le queda, Antonio del Castillo reza para que la Justicia tenga un color «contundente». Entretanto, su mujer, Eva, «llora en el cuarto de Marta», convertido en su santuario, al arrullo del tiempo, «sin salir a la calle».

La familia quiere que el gasto del dispositivo de búsqueda se traduzca «en más años de cárcel, como si hubieran metido la mano en la caja del Estado». «Estos individuos ya han mentido mucho. No sé la esperanza que puede haber de que esté en el vertedero. Si está, hay más posibilidades de que aparezca que en el río», explica Antonio del Castillo, horas después de la celebración de San José. «El Día del Padre ha pasado, pero no ha pasado. Lo mismo que los fines de semana, los domingos, los festivos». Desde la noche del 24 de enero «es un solo día eterno. No echamos cuenta de cumpleaños, santos ni nada» Detenido en un tiempo sin tiempo. Suspendido en el espacio. En dos meses, ni una sonrisa se ha esbozado en el rostro de Antonio del Castillo, de Eva Casanueva, de su hermano Javier, el portavoz, del abuelo Antonio… «Queremos acabar con esto. Por lo menos, que la tengamos con nosotros».

Son «meses horrorosos de pasar. Las niñas –las hermanas de Marta, de 13 y 11 años– ya están aquí», después de marchar a casa de un familiar los primeros días de la desaparición. Ellas «más o menos hacen su vida normal». Y saben lo que ha pasado. «Ha sido lo más doloroso: sentar a las hermanas y contar lo que pasó, porque no queremos que ningún compañero del colegio le suelte su versión y ven la tele y pueden enterarse erróneamente».

Marta no vivía en la arista del peligro,como hay quien mantiene. Hay casos de asesinatos crueles, brutales, «pero estas personas son amigos de hace años y de toda la pandilla». «¿Cómo te puedes imaginar que un amigo te va a hacer una cosa así?», se pregunta. «Las últimas versiones son muy duras de escuchar y horrorosas de pensar. Es lo que más nos tiene destrozados ahora. Pasar de que ha muerto de un golpe y no ha sufrido a sufrir un martirio antes de morir». Y un suspiro trae el silencio.

Y el silencio, las contradicciones del sistema:«La Policía dice que no pueden martirizarlos para que digan la verdad, pero esta gente ha martirizado a mi hija. Ellos siguen con todos sus derechos, pero mi hija no tiene derechos. Y puede estar en un vertedero».

El padre de Marta incluso regaló a Miguel el sofá de su casa. «Como vivía solo y lo íbamos tirar, Marta me dijo:‘Papá, Miguel quiere el sofá’. Y se lo llevamos a León XIII». En ese sofá, presuntamente, Marta recibió el primer golpe cuando se negó a mantener relaciones con «el Cuco» y Miguel. Aún no ha pensado «en el momento de volver a mirar a la cara a los asesinos». Suspira. No llora, no le quedan lágrimas, pero se le empaña la mirada. «Menos ahora. Soy humano y, con las barbaridades que dicen que han hecho, todavía puedo perder los papeles».

miércoles, marzo 18, 2009

y si vienes, no traigas nada… sólo tus sueños.
Si vienes, ven desnuda de equipaje,
trae tus lunares y tu cuerpo.
Si vienes, no digas nada,
sólo abrázame como si te estallara
una supernova dentro.
Si vienes… llévate la noche.


geografía_ del_ cuerpo/ anatomía_ del_ alma

La asimetría de tus labios, el paraíso de tu cuerpo, tus pechos siempre recién nacidos, tu sendero de lunares que conduce al cielo; tus íntimos recovecos, la curva de tu axila, tus manos y su caricia, tus ojos que no dejan de brillar, los secretos de tu cuello; tus piernas que se estremecen y estremecen, tu corazón que palpita; la brisa de tus cabellos; tu alma de donde todo nace, tu sexo; tu cintura; el sabor salado y dulce de tu piel a un tiempo; y sonríes; tu ombligo; tu grito; tus oídos que escuchan hablando; el vello de punta; tu universo todo, escalera de caracol hacia lo más alto; tu alma, fueguito que alumbra; infinito susurro; y entonces, abrazo.

No entiendo a mi memoria
pues siempre recuerda
aquello que quiere recordar.
Y después olvida.
Y tan pronto como olvida
Vuelve a recordar.
Igual apareces tú.
Igual te vas.
No entiendo a mi memoria
pues siempre recuerda
y nunca acaba de olvidar.
Y así imagina y crea
y ríe y llora....
y vuela
pero a mi pesar.
No entiendo a mi memoria
pues siempre recuerda
aquello que quiere recordar.
No entiendo a mi memoria
pues siempre recuerda
aquello que quiero olvidar.

domingo, marzo 15, 2009



Me gusta anochecer con la luna
y amanecer con el sol.
Me gusta ir a sembrar sueños
y recoger recuerdos.
Me gusta sentir el pensamiento
y pensar el sentimiento.
Me gusta ser auténtico.
Me gusta el silencio,
estar como ausente
que decía el maestro.
Me gusta escuchar a las sirenas,
contemplar a las estrellas,
volar,
jugar a ser Peter Pan.
Me gusta ser hiperbólico andaluz,
aprendiz de todo
y maestro de nada.
Me gusta sentirme libre
y me cuesta ser libre.
Me rebelo ante la misma rebeldía.
Y al quererme me odio
y al odiarme me quiero.
Por querer saberlo todo
apenas sé si soy.
Por perseguir el viento
casi no sé dónde estoy.
Mi batalla es conquistarme,
encontrarme,
conquistar un cielo
en el que los ángeles
sean demonios.
Estos son mis días.
“Días de resplandores,
víspera de tempestades”.
También quisiera
que mi pluma
fuera acuarela;
que mi voz, grito.
Mis días son noches
y mis noches días.
Confundo sol y luna,
verso y prosa.
(Y amo a la palabra
sobre todas las cosas).
Vivo, por voluntad,
a contratiempo.
Vivo, porque no estoy muerto.
Vivo, porque siento.
Vivo porque me busco
y no me encuentro.

miércoles, marzo 11, 2009

Y tanta sangre, tanto dolor, tanto hierro destrozado, como nuestras almas, tanto grito, olor a muerte… mientras suenan los móviles
reclamando a unos muertos que ya van camino del cielo.


pocas lágrimas; mucha rabia

Se cumplen cinco años de aquel día que los periódicos titularon “de la infamia”. Y pasado este tiempo, no ante las imágenes pero sí frente a las personas, aún cuesta retener las lágrimas, y esto sólo se consigue apretando los dientes con fuerza al tiempo que una palabra recorre todo el cuerpo e invade el alma; una palabra ya gastada: VENGANZA. Y la lágrima y el sentimiento (venganza) se consumen en el cuerpo.
Acude a la memoria un documental con Jon Sistiaga – para siempre unido en el subconsciente colectivo al yacente José Couso- como reportero. Retales de documental, retales del dolor. Y se presenta a un joven, que podrías ser tú, que podría ser yo, en una casa llena de réplicas de cuadros de Diego Velázquez (“La fragua de Vulcano”), de Pablo Picasso (“El Guernica”), y habla de Pedro Almodóvar. Y su madre – qué grandes héroes son las madres, que nos dan la vida- recuerda cómo ella mientras también lloraba años atrás hablaba con él, con su hijo muerto en vida, como Benigno con Leonor Watling, como Javier Cámara con Alicia en la película de ese demiurgo de historias manchego. Y ella lloraba en el recuerdo y lloraba en el momento. Su hijo, marcado físicamente (sin un trozo de cráneo) y con lucidez mental (porque le quedó toda el alma intacta) para vivir instalado en la pesadilla de la resignación. Y la lágrima, en el párpado. Y los dientes apretados, no ya por las víctimas del terrorismo –la salud mental hace que no se recuerden-, los dientes apretados por tanta sangre, tanta muerte evitable. Otra lágrima por tanto niño que muere de hambre, que sufre por hambre, tanta vida sesgada y maltratada por la guerra, por el hombre. Otra lágrima porque esta vida injusta, insana, este perpetuo golpe en el estómago sin avisar que es el vivir, a esta hora, en este momento, no deja en el cuerpo más que unas pocas lágrimas y mucha, mucha RABIA.

domingo, marzo 08, 2009

el espíritu del 7 de marzo

...son las hojas las que ríen ahora. Nosotros, sonreímos. Brindamos por un mañana mejor. Sonreímos y nos miramos a los ojos, entre el humo de la realidad y del tabaco. Sonreímos y nuestros ojos brillan, mientras celebramos nuestra derrota. El espíritu del 7 de marzo ha tomado cuerpo. Algo se está moviendo. Lo dicen los sismógrafos. Y nuestros sueños. Y nuestras sonrisas. La 'revolución' de las conciencias tranquilas, del dormir tranquilo en la madrugada. (Romper el silencio y el miedo, con los tiempos que corren, es toda una revolución). El terremoto ya se intuye y, con él, el fin de los abusos. La esquela de la injusticia ya está escrita. Ríen las hojas. Es 7 de marzo. Nosotros brindamos. Y sonreímos.*

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