náufrago de arena

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Nombre: Miguel

martes, septiembre 29, 2009

Fábula de la cobertura de los sistemas financieros y la subida de impuestos

Había una vez unos países con problemas financieros, con el pueblo pasando hambre y los obreros en la calle. Entonces, los dirigentes, sangre de su sangre, con su cara de indígenas si eran indígenas, con sus lenguas del sur, si eran del sur, decidieron. Las multinacionales deben dar beneficios a todos. Hay que proteger el país. Entonces, los poderes fácticos mundiales hablaron. Intervencionismo. Dictaduras encubiertas. Atentados contra la libertad. Y llegaron las amenazas de tutelar estos lugares. ¿Decidir sobre el presente mirando los errores del pasado para cambiar el futuro? ¿Disponer de los propios recursos? ¿Nacionalizar la abundancia? Y no fue totalmente, o no pudo ser, o sólo fue un poquito. Y el pueblo siguió pasando hambre.

Había una vez unos países con unos bancos con problemas financieros, con los banqueros tan asustados como para frenar su ejercicio de usurería. Unos países en los que los obreros iban a la calle porque las ganancias de los patrones dejaron de ser millonarias durante un tiempo, después de años de abundancia. Hay que proteger el sistema financiero, dijeron. Hay que abaratar los despidos. Hay que subir los impuestos. Hay que financiar a fondo perdido a los bancos. Hay que compartir las pérdidas. Entonces, los poderes fácticos no hablaron de monopolio; ni de intervencionismo sobre el liberalismo; ni de dictaduras encubiertas; ni de atentado contra la justicia y dijeron que "subir los impuestos es de izquierdas". Y el dinero de los contribuyentes –muchos de ellos parados, muchos con miserables pensiones nunca financiadas- fue a parar a los bancos, actuando sobre el presente, obviando el pasado, asegurando la riqueza de su futuro, disponiendo de los recursos ajenos. Y fue, totalmente, o en parte, o un muchito. Y los ricos siguieron siendo ricos.

domingo, septiembre 27, 2009

latido inconstante de vida
sentido que alberga la brisa
mirada que encierra tu nombre
y una lágrima en tu mejilla
palabra inconclusa
***************abrazo dormido
sangre en las venas abiertas
la lejanía de la estrella
***** resume tu alma incompleta

martes, septiembre 22, 2009

Lo que W. dejó escrito a Afortunado Obama

De 43º a 44º:
Aquí te dejo el chiringuito. A ver cómo lo haces. Como has dicho en el discurso de investidura, hace 60 años a tu padre no le hubieran servido en un restaurante. Y ahora estás tú al frente de la Casa Blanca. Un negro en la Casa Blanca. Manda güevos. Si la hicieron hace tres días esclavos negros (de mierda, con cariño texano) como tú.
Hasta ahora he procurado parecer simpático contigo, pero ya me da totalmente igual, “Afortunado”, que eso me han dicho que significa Barak en las lenguas esas africanas. (¿Y dónde coño estará África?). Si encima andas por ahí poniendo como ejemplo de no sé qué a España, ese país gobernado por socialistas. Si McCarthy levantara la cabeza... En cualquier caso, pronto volverá Ansar. Lo contento que se ponía el chavalote con una foto o una palmadita en la espalda. El bigotito se le ponía derechito y todo.
De colega a colega, negrito, limítate a seguir favoreciendo a las grandes multinacionales. El resto viene solo. No te metas en líos. Lo de la crisis es temporal. Ninguna empresa puede echarme nada en cara, porque conmigo se han enriquecido más que con ningún otro presidente. Al paro irán negritos como tú, así que no des mucho ruido.
Te he dejado una guerra en Afganistán, otra en Gaza y otra en Bagdad. Espero que sepas mantenerlas. No te olvides de que la empresa armamentística es uno de los pilares de esta tierra que Dios bendiga. Una cosa sí te digo, lo de las armas de destrucción masiva ya se supo que tenían menos peligro que Martí tirando faltas al borde del área. Tendrás que “argumentar” otra cosa para futuras invasiones. De entrada, no viene mal decir que has tenido una revelación divina. Dios nos habla a los presidentes del mundo. Es algo supernormal. Ah, y Cuba la dejas bloqueadita, que los cubanos de Miami sueltan bien la guita. No vayas tú ahora a inventar el nuevo orden mundial, que el mundo está ordenadito como está. Déjame de historias, y si te aburres, te metes en feisbuk, coño ya.
Otra cosa, ándate con ojo con las becarias, no te vaya a pasar lo que a Bill; y más tú, que vas a tener a tu suegra dando vueltas por la Casa Blanca y tienes que tener por lo menos cuarto y mitad. Pa’ eso eres negro, ¿no? A ver si vas a "ajogar" a la muchacha y tenemos un lío.

Disfruta estos cuatro añitos –no veas cómo me río sabiendo cómo está el patio-, algún Bush volverá pronto. Para eso somos una dinastía.
Que Dios te bendiga, negrito, pero menos.

W.

domingo, septiembre 20, 2009

Mambrú se fue a la guerra*

En pleno siglo XXI, hace tiempo que Mambrú olvidó sus intenciones de ir a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena. En pleno siglo XXI, Mambrú, que sigue siendo negro y teniendo hambre, observa sus sueños en tecnicolor en la caja tonta y sueña que, algún día, si no él, sus hijos tendrán derecho a tener sueños y a cantar canciones que hagan olvidar el dolor y la pena. Miles de personas, hijos del hambre y llegados del sur del sur, escriben a diario la historia de la vergüenza de Occidente, una historia que ningún muro, mar o alambrada puede esconder. Miles de personas parten de sus casas y de un lugar al que llaman patria en busca de un mañana mejor, ignorando eso que en cada libro clama Eduardo Galeano: que los nadie valen menos que la bala que los mata.

Sólo este viernes, 158 inmigrantes fueron rescatados camino de Gran Canaria y Tenerife. Viajaban en pateras o en cayucos. Ciento cincuenta y ocho almas perdidas en la inmensidad del océano entonando el poema de Machado como un triste son funerario. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. “Se hace camino al andar y al volver la vista atrás”, el sendero deja un rastro de sangre, muerte e injusticia. Y un día de estos el hedor será tal que se hará insoportable, instalados como estamos en una cómoda estancia con vistas al norte, de espaldas a la realidad. Un día de estos, más pronto que tarde, el sur y sus gentes recobrarán el lugar que les ha sido robado con yugos en forma de deuda externa porque las leyes de extranjería jamás detendrán lo que el hambre y la miseria empujan; porque el mundo y los países no son de nadie; porque los sueños no entienden de fronteras.

Desde el desierto, me cuenta un amigo reportero -huérfano de abrazos- que en la noche africana trae el viento el son de una canción que, probablemente, según cree él, cantan los huérfanos de pan. La melodía corresponde al "Mambrú se fue a la guerra", que entonaban los abuelos que fueron niños en los años de la guerra. Y en estos días, al encontrar en los periódicos tanta patera perdida y tanto náufrago de sal tiritando de hipotermia existencial, es nuestra conciencia de niño la que vuelve a gritar como entonces: qué dolor, qué dolor, qué pena.





jueves, septiembre 17, 2009

El último alfarero

Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Triana ha sido tierra de caricias fugitivas tras los callejones, y de artesanía. Caricias aún quedan, a cualquier hora, a plena luz del sol. La artesanía, ahora fugitiva, está en vías de extinción. El Ayuntamiento lleva años anunciando un museo de la cerámica que no llega, igual que tampoco se concluye la restauración del Castillo de San Jorge, que acogió la sede tormentosa de la Inquisición y cuyas ruinas sin levantar atormentan ahora a los trianeros.

En el último Pleno, previa petición del Distrito y denuncia de la oposición, el Consistorio se apresuró a asegurar que «el museo está en marcha», que «la colección Carranza estará en Triana», que «en 18 meses se acabará la obra». El primer plazo ofrecido ha concluido este año. Y aún no hay proyecto cerrado. Por un error administrativo, dicen. De momento, se limpian los hornos. El amargo don de la promesa.

Antonio Rodríguez y José Miguel González llevan toda una vida detrás del mostrador de «Rodríguez y Díaz SL, fábrica de cerámica de todas clases», vulgo Cerámica Santa Ana. La empresa existe desde 1870, aunque «se sabe que había hornos más antiguos». Gárgoris y Habis –los Rómulo y Remo de Tartessos– con toda probabilidad bebieron de las vasijas trianeras. Y las santas Justa y Rufina, las hermanas mártires y vírgenes patronas de la ciudad, fueron hijas de un humilde alfarero pagano hispanorromano.

La primera propietaria de Cerámica Santa Ana fue «la viuda de Gómez». En 1939, Eduardo y Enrique Rodríguez –«mi abuelo y mi tío abuelo», narra Antonio– se asociaron con el director artístico Antonio Kiernam. «Ahora conservamos la empresa entre ocho primos», aunque se están planteando «subastar los fondos». «Con la obra del museo, hemos tenido que alquilar una nave en Alcalá de Guadaíra y eso son gastos extras que, unido a la crisis, nos asfixian». «Lo ideal es que las obras se queden en el museo», añade José Manuel, mientras camina por las «catacumbas» de la empresa, unas instalaciones en el presente apuntaladas, en otros tiempos «con hasta 60 empleados». Entonces, había siete hornos de leña quemando eucalipto y pino y vistiendo Triana con un velo de humo.

El libro de pedidos de Cerámica Santa Ana supone un inventario de la historia, un espejo de las personas anónimas e ilustres que se acercaron en algún momento a este rincón de Triana en el que el río ya empieza a oler a mar. Vicente Aleixandre, Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia, que cuenta con un azulejo conmemorativo; la Duquesa de Alba, Carlos Cano o Almodóvar, que escribió: «Gracias por mantener la tradición. A partir de ahora, me veréis a menudo». «Sería en las películas, porque no ha vuelto», cuentan. Anthony Quinn «vino un día y se puso a pintar en el taller». Cuando le sorprendieron, le echaron, mientras repetía: «Soy Anthony Quinn», con acento mexicano. «¡Ni Antonio Quinn ni leche, fuera!».

Los dibujos para tinta china componen otro de los tesoros de Santa Ana, con sus fórmulas magistrales. “Algunos de la Expo del 29”, la mayoría de imágenes marianas. «Cada fábrica tenía sus secretos », explica José Manuel. Y su misterio. «Entre la historia y la leyenda, imprima la leyenda», decía John Ford. A la calle San Jorge, una vez, llegó un pedido de Estados Unidos. El sobre ponía: «Cerámica Santa Ana. Triana. España». La carta llegó.

Cerámica Ruiz; Pisano, con su taller en Alfarería, 45; Montalbán; Mensaque, que se mudó a Santiponce y cerró recientemente; o Santa Isabel, fundada cuando la Revolución Francesa tomó cuerpo, también tienen su propia historia, esperando ser contada en un museo que sigue en obras. Entretanto, la intrahistoria se esconde y se escribe entre las callejuelas.

Mientras en Ginebra el acelerador de partículas recrea el big-bang en busca de vibraciones del vacío, en Alfarería, un alfarero recrea en un torno el principio bíblico de la humanidad. «Oficio noble y bizarro. Entre todos el primero, pues que en la industria del barro Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro», reza un azulejo en Santa Ana. “Entre los pétalos de arcilla/ nace, sonriente,/la flor humana”, escribió Octavio Paz bajo el título “Dios que surge de una orquídea de barro”.

La historia de Antonio Campos es la de quien, sin saberlo ni quererlo, intenta alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de la vida. A la pregunta «¿El último alfarero?», responde: «El último mohicano». Más cínico y descreído que el jefe de los indios sioux. En materia de nihilismo, Triana carece de rival. Campos trabaja en su taller de Alfarería, 22, junto a su hija Ana, que pinta las piezas creadas por su padre en el torno, el invento del escita Anarcarsis. En estos tiempos de urbanizaciones con casas iguales para gente que piensa igual, Antonio se rebela ante el mal llamado «progreso». «Los alfareros se han ido extinguiendo por las máquinas. Antes, las tejas y los cántaros mantenían el sector. Los pocos jóvenes que se interesan quieren saber en meses y se necesitan años para empezar a emprender», dice. «La artesanía ha pasado a ser decorativa ». Piezas por encargo, obras personalizadas, remates, como los del Alcázar o el Alfonso XIII, son los trabajos más repetidos.

Antonio Campos lleva «desde los 13 años con barro en las manos». Entró como aprendiz cuando «la calle Alfarería estaba llena de alfareros». En Triana lleva unos 20 años, «por romanticismo». «Me encanta mi oficio. No es muy rentable. Sólo razonable», sentencia. «Ahora, como los bancos quiebran, no compran», narra, mientras acaba unos cálices. «Para eliminar y quitar pecados. Los créditos no, pero los pecados los quita», bromea. «Con la crisis hay una avalancha de fe increíble».

Antonio cree que el museo «puede ser positivo», pero no da «saltos de alegría». «El turista echa la foto y se va y, a veces, como una vez unos chinos, te piden que cantes algo. Como si en Triana todo el mundo supiera cantar», dice el «mohicano» que fuma Marlboro, como los vaqueros del anuncio, con las manos llenas de barro. Y aconseja: «Lo único importante que puede hacer el alcalde es un aparcamiento gratuito». El artesano crea el cáliz pero no bebe de él, ajeno a «la avalancha de fe». «Cuando yo muera, se acabó». Ese día, sin alfareros en Alfarería, como Eneas paseando por Cartago, habrá que responder a la tristeza: «Sunt lacrimae rerum». «Son lágrimas de las cosas».

Los barcos dejaron de crecer por la máquina de vapor, que trajo navíos lentos, insensibles al viento, con una tripulación menos exigente, como ha pasado con la artesanía. Entonces, nació el clíper, la más bella y esbelta nave. Un «beau geste», diría un francés. Un «arrebato de dignidad», diría un castizo. «Por mis cojones», dicen en Sevilla. En la calle Alfarería, ya se intuye el final de una estirpe, pero, mientras en Ginebra recrean el nacimiento de la vida en un acelerador de partículas, en Triana, el último alfarero modela en barro la última caricia.


martes, septiembre 15, 2009

en ocasiones, veo socavones

La historia de las ciudades se esconde, fugitiva, en las cloacas. Quizás por eso, esta Sevilla milenaria y sin metro tiene hasta su calle de la Virgen del subterráneo, caminito, cómo no, de la Alameda de Hércules, que es como el reflejo de la cloaca misma atrapado en un cubo de hielo que flota dentro de una copa de ron –con su poquito de limón, ese gran olvidado de la literatura- en el barrio más canalla de la capital del sur de las españas. Hermosa y viciosa, como la historia de la humanidad, la Alameda condensa la naturaleza humana, como si fuera el decimotercer trabajo que le encargaron a Heráclito, Hércules para los amigos, no sé si antes o después de separar Cádiz y Gibraltar, llanitos y gaditanos, gentilicio de Gadix, y aquí hay que mamar. Quién le iba a decir a Heráclito que con aquel apretón que le dio en lo que creía el fin del mundo hace miles de años estaba poniendo la primera piedra –el primer peñón, perdón- del tráfico de sustancias de un lao’ pa otro de la frontera, que el winston, el whisky y la gasolina de Gibraltar (español) son más baratos, y la cosa está mu’ mala, como dijo Napoleón a Bernadotte, cuando fue a mear con ese frío que hacía en Waterloo, aquella batalla que muchos años después ganaron las rubias de Abba. Fue llegar a la Alameda el hijo de los dioses y de los hombres y hacerse maricón, fijo. Esta historia también está en las cloacas. Sólo hay que asomarse a los socavones.

El socavón por antonomasia de Sevilla está en la Puerta de Jerez. Allí, un miércoles encapotado, en el que soplaba un viento no digo que de mal presagio pero sí de ése que da mucho por culo con la bufanda –venga bufanda pa’llá, venga bufanda pa’cá-, allí, como digo, el cielo no cayó sobre nuestras cabezas, como temían los irreductibles galos, sino que el suelo cayó bajo los quioscos (con “q”, de a-Quiles, por más que la inefable Fátima Rojas quiera que lo ponga con “k”). Porque había un quiosco en ese lugar de la Puerta de Jerez con un señor sumamente preocupado por esos bonobuses de ultratumba (“va a ser imposible recogerlos”, manifestó el buen hombre después de contarlo de milagro. “Ha sido un susto grandísimo. Si lo sé, me cojo muerte”, manifestó su señora durante el ratito en el que pudo superar su crisis de ansiedad para hablar con Ana Rosa y, no está confirmado, estamos investigándolo, con Quintana, la mujer que envejece pa’trás. Quién te cogiera), porque si llega a haber un edificio lleno de gente o una Torre del Oro llena de historia, ahora estaríamos hablando de:
a. Una tragedia de dimensiones similares al atentado del 11-M.
b. El primer metropolitano con vistas turísticas. (Ya lo estoy oyendo: “A su derecha pueden ver la fortaleza donde se guardaba el oro de las Américas, -din-don-din-. A la izquierda, la multiprovincial del mayor empresario de Sevilla, la Casa Robles –din-don-din-).
Afortunadamente, donde hay un agujero de seis metros de profundidad y seis metros de diámetro, había un quiosco; y me ahorro el chiste fácil, pero lo estoy colando -ahí lo llevas-, de que en Sevilla no ponemos la primera piedra con los periódicos del día, sino que ponemos el quiosco entero, con dos cojones.
La cosa es que uno está ya acostumbrado a asomarse al abismo, a caerse y levantarse, que eso es la vida. Pero asomarse a un socavón, ver las cloacas del alma de la Sevilla milenaria, eso es otra cosa. Por eso, el señor consejero de Obras Públicas, don Luis García Garrido, a pregunta de quien escribe –hay que promocionarse, que hay mucho ERE suelto- en rueda de prensa urgente aseguró que “la seguridad de los edificios está garantizada”. “¿Con los mismos sistemas de seguridad que han asegurado un quiosco subterráneo? ¿Qué garantías hay?”, vino a preguntar el menda. ( Ténganse en cuenta la perspicacia de la pregunta, por favor). Y el consejero, lejos de contestar que las garantías están firmadas en Atención al Cliente de El Corte Inglés, vino a decir que “los edificios están seguros porque están alejados”. Tan lejos como la fecha de inauguración del subterráneo, con sus dos años y medio de retraso. Fuentes bien informadas, ajenas a mí, por supuesto, aseguran que sólo tras las palabras de la Junta se quedaron tranquilos los demás bonobuses de España, que, por entonces, ya daban por mártires del metro a los bonobuses sepultados con el quiosco, requiescam in la pace de las cloacas del metropolitano y que la Virgen del subterráneo tenga en su gloria. Quizás por eso, al pasar por esa calle, camino de la Alameda, sentí la certeza de que esta ciudad milenaria va siempre por delante, y antes de producirse un socavón, ya existe la calle de la Virgen del subterráneo. Allí me quedé, con la cara fría por el frío de la noche, esperando que se me apareciera otro socavón. Pero igual que la Virgen de Fátima sólo se aparece a campesinos, seguramente la Virgen del subterráneo sólo se aparece a maquinistas del metro, dueños de quioscos soterrados y consejeros de Obras Públicas. Yo, en el frío de la noche, me quedé helado, al comprender que “en ocasiones veo socavones” y que la historia de las ciudades está en las cloacas, que, además, es donde tiene que estar. Al fin y al cabo, compartimos el 90 por ciento del material genético con las ratas.

lunes, septiembre 14, 2009

La lágrima que mis ojos no lloraron es la lluvia que ahora llueve el cielo.

viernes, septiembre 11, 2009



Cada milímetro de tu cuerpo desnudo,
cada lunar que habita en tu espalda,
cada poro de tu piel,
cada latido del temblar de tus entrañas…
tus ojos –inmensos y oscuros-,
tu cuello, nariz, parpados, tu risa clara…
tu cuerpo todo hice mío
pero jamás encontré tu alma.




lunes, septiembre 07, 2009

Mafalda y los monos

Me pregunto qué diría Mafalda si supiera que los políticos de turno andan enfrascados intentando sacar «pa'lante» un proyecto «para que los simios tengan derechos humanos». «El PSOE presentará una propuesta para equiparar al hombre con el mono» y, por ello, «pedirá la inclusión inmediata de estos animales en la categoría de personas», relata la prensa esta semana.
¿Qué diría Mafalda, que tan pendiente estaba siempre de la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Supongo que la siempre niña Mafalda empezaría a leer artículo por artículo la citada y olvidada Declaración Universal de los Derechos Humanos y, tras comprobar que apenas se cumple ninguno, correría a abrigar su pequeño globo terráqueo, tan enfermito todavía, tan resfriado desde los tiempos de la Edad de Hielo. Porque, claro, si vamos a darle a los simios derechos humanos con todos sus «avíos», habrá que ver qué tipo de derechos humanos: ¿los de Bill Gates, que es recibido en China con alfombra roja, o los del «negro de mierda» que viene en patera jugándose la vida? ¿Los de un presidente norteamericano que responda al nombre de George W. Bush, responsable de la muerte en guerra de miles de personas y exento de responsabilidades, o los del pobre iraquí de turno que ve cómo montan un conflicto de «interés mundial» al lado de casa como quien no quiere la cosa?
Lo mismo, si se les explica a los pobres monos todo esto sueltan aquello de «virgencita, que me quede como estoy», que ya imagino a los pequeños chimpancés en las chabolas de las afueras de cualquier ciudad esnifando pegamento para «pegarse» a una realidad que duela menos, donde los derechos humanos o, en este caso, simios, estén más presentes y mejor repartidos. Y ya estoy viendo a Miguelito, sugiriendo que no, que mejor se equiparen los derechos del hombre a los del mono, que puestos a preguntar es más factible que el hombre quiera volver a ser mono que el primate quiera ser algún día humano. E imagino a Manolito frotándose las manos, que si somos más gente cabemos a más negocio. Y a la pequeña Libertad llorando.


elogio de la mancha de tinta en los dedos

Reniegan del polvo y el barro del que nacieron. Dan la espalda a su pretérito imperfecto. Niegan una vez y dos y hasta tres; como dicen que hizo San Pedro. Aprendieron a amar la palabra -la verdad última- manchándose los dedos con la tinta negra de las hojas de periódico con que el mundo envuelve el pescado y las castañas, y nosotros los regalos y los sueños.

Des-soñados, des-memoriados, des-amados. Desagradecidos. Desamparados. Y todo, con razón, la puta que mezclada con sueños -reputa- produce monstruos. Que se enteró don Francisco de Goya y Lucientes, sordo pero lúcido. "El sueño de la razón produce monstruos".

Somos especie en extinción, que dice el maestro Del Pozo; animal herido; vista cansada; ilusión quebrada; querencia desquebrajada. Somos sudor y lágrimas; soldado de trinchera; cronista de sucesos; analista político; editorialista; el que mete el horóscopo y el tiempo. Adictos al café; escondidos tras el alcohol. "Cuchillo sin filo"; náufragos de arena. Denunciamos que denuncian; recogemos la queja, la verdad, la mentira; manipulamos; engañamos; nos vendemos; nos compramos. Como todo el puto mundo, pero por vocación. Pero con vocación.

Aquéllos, los de entonces, no son los mismos y -prosa aparte- dan la espalda a su antigua condición de canalla, de plumilla, de periodista. Como el señor Burgos y su ombligo "recuadrado", su agrio envejecer, su chiste forzado diario. "¿Periodista? Yo soy escritor". De libros de gatos.
O mi admirado y comprendido Pérez Reverte, con su rabia del 2 de mayo. "¿Periodista?", le dices. "No, nunca; si acaso reportero", contesta. "¿Estilo periodístico, pisha cartagenero?". "No, monsieur. Documental". Reniegan. ¿Por alzheimer en el alma? Por vergüenza torera.

Por los ‘hijosdelagranputa’ que nos miran desde arriba y se llevan el taco calentito cada mes, amparados en el apellido de papá y los ascensores exclusivos para el personal ejecutivo que apesta a sus muertos más frescos, aunque gasten Chanel número 5. Por los acomplejados de la vida preocupados y ocupados en marcar el terreno de su incompetencia. Por la politización exacerbada de los medios; el abuso en el manchar -"manchar, manchar", la gran verdad de Gómez y Méndez-; por los seres sin oficio y con todo el beneficio; sin criterio profesional, educación ni humanidad. Por los palmeros y los que ponen el culo tan barato.

Hemingway decía que esta profesión que nos mata, este oficio -el oficio es algo que marca de por vida; así como el minero muere minero, el plumilla muere plumilla-, el arte de juntar letras en los diarios, decía, de contar la vida, es la más bonita del mundo... si se deja a tiempo. Cabe preguntarse si el periódico se deja o te deja, pero, en cualquier caso, considerando que el placer no muere hasta que no se cuenta, un punto hedonista tenemos; y sádico, becados como estuvimos entre Sodoma y Gomorra como reporteros de guerra.

Así las cosas, yo, con mis heridas y mis pupilas cada vez más cansadas, con mi nómina huérfana de ceros y repleta de dignidad y respeto, quisiera tener de nombre y de apellido Carolina y García; Vita y Lirola; Rocío y Vázquez; Claudio J. y Castillo; Ana S. y Ameneiro; Julia y Jiménez; Fernando y Pérez y Ávila; Jorge y Muñoz; Felipe y Villegas; Manolo y Barea; Lucas y Haurie; Juan de la Huerga; Fernando de Matres; Inmaculada y Carretero; Francisco Correal; José Antonio García Lorca y Sola... Ni los Pérez ni los Revertes me interesan fuera de sus libros y espadas; ni los Burgos desde el tendido nos van a decir qué es un toro, por muchos cuernos que tengan y mala baba babeen, a nosotros que ejercemos de forcados. Nosotros sabemos qué es la pasión, más allá de la Semana Santa.

Estamos en vías de extinción, sí, somos mala calaña; hierba mala que nunca muere; mas no hemos perdido la memoria y el honor y los textos -dos fuentes como mínimo-; y con las hojas de periódico con las que ellos cubren el olor a pescado de sus vísceras, nosotros los periodistas -pobres, humildes, cabrones, caines y mercurios- envolvemos la mentira de la vida para con su verdad mancharnos los dedos y rozar con nuestras yemas los sueños.



viernes, septiembre 04, 2009

Mandamiento primero para empezar una guerra en un nuevo orden mundial por venir: que el primer soldado de cada bando sea el ser más querido de los que organizan las guerras desde los despachos. En ausencia de ser querido, el que organiza la guerra debe ser el primer soldado, el primero que se juegue el cuello, el primero en morir en la trinchera. Ese día, las llamadas grandes causas "justas", por fin, desaparecerán. (Y habrá más justicia).*

«De frente, paso lento» hacia el cielo

Las lágrimas de Marjayún son ya de Sevilla. El «Mater mea» de Chopin sonó a cante jondo de gitano viejo en la Iglesia de San José de Utrera, pueblo flamenco de tez morena, dureza de apero de labranza en las manos; de sentimiento profundo y, también, de quebranto. Las fugitivas horas trascurrían con el estoicismo y la entereza de los soldados españoles que arriesgan su vida en las misiones humanitarias en lugares – «¿Dónde está ese país lejano?», se preguntaba en la homilía Monseñor Amigo Vallejo- que no se sabe dónde están.

Más de medio millar de personas despidieron a Manuel David Portas –el militar sevillano de 19 años al que arrebataron la vida en un atentado en Líbano–, en su adiós «con el blancor almidonado». El pasado domingo el pueblo heredero de Fenicia, crisol cristiano y musulmán, fue el mismo infierno. «Pasó lo de siempre: han muerto cuatro romanos y cinco cartaginenses» –en versos de Lorca– que, esta vez, suman seis soldados al desamparo de la falta de inhibidores de frecuencia. Tampoco hubo inhibidor para el dolor y las almas desgarradas. Ayer, Utrera –con las lágrimas todavía a medio secar por la muerte de Joselito del Águila, sobrino de Fernanda y Bernarda– se impregnó del dolor y los versos del «Romancero gitano».

«Dentro de la fragua lloran, dando gritos». Las «voces de muerte» que «sonaron cerca del Guadalquivir» se convirtieron en «silencio de cal y canto» e imágenes que no se olvidan nunca, aunque no se quieran recordar. Mercedes Ruiz, entera y rota a un tiempo, con la foto del hijo que se fue para no volver entre los brazos. Manuel Portas, su padre convaleciente, tirando de sus últimas fuerzas para arrancarse la medalla que acompaña al féretro en el cementerio. «Pena limpia y siempre sola».

En la liturgia estuvieron presentes, por orden de llegada, el cardenal arzobispo de Sevilla, que ejerció como oficiante de la misa; el subdelegado de Gobierno en Sevilla, Faustino Valdés; el concejal de Movilidad del Ayuntamiento de Sevilla, Francisco Fernández; el alcalde de Utrera, Francisco Jiménez; el teniente general jefe de la Fuerza Terrestre, Pedro Pitarch; la consejera de Gobernación, Evangelina Naranjo; el delegado de Gobierno en Andalucía, Juan José López Garzón. Además, asistieron el general de división adjunto López Negrette; el general jefe de Estado Mayor Marín Bello, representación del Ejército del Aire y de la Marina; y, acompañando a la familia, seis miembros de la Brigada de Paracaidistas a la que pertenecía Portas y uno de sus más íntimos amigos, destinado con él en Oriente Medio y que fue repatriado junto con el cuerpo. Uno de esos amigos que comparten sueños del porvenir y que alguna vez se agarró junto a David a un paracaídas en busca de un mañana mejor, de solvencia económica, de ayuda para la madre separada llegada al 24 de la calle Persépolis del barrio de San Pablo. Pero dicen que la misma materia compone sueños y pesadillas.

En resumen, autoridades civiles a la derecha del altar, cuadros militares a la izquierda, familia materna en los bancos de la derecha y paterna en los de la izquierda. No estaba David. Sólo su ataúd vestido de luto nacional y boina negra, y «su cuerpo lleno de lirios». En el Parlamento, sobre esa hora, guardaban silencio en honor de los soldados caídos «y ángeles negros volaban, por el aire del poniente».

Monseñor Amigo destacó que «o servimos para servir o no servimos para nada. O vivimos para dar o estamos muertos». «Irnos, todos nos vamos. Morir es privilegio de los que aman: vive quien alcanza ese oscuro privilegio», asegura Emilio Rosales en su "Palabras perdidas".

El cardenal dedicó su misa a la memoria de Portas, «para su paz eterna, en recuerdo de los que le deben la vida». El Evangelio según San Mateo y el salmo «El Señor es mi pastor, nada me falta» acompañaron la ceremonia. A los presentes les faltaba todo. Y surgió el discurso de San Manuel Bueno, Mártir: «El Señor dice que la muerte no es el final, pero momentos como éste hacen dudar si es el fin». «Hay que dar vida. La muerte es el principio del alma». «La paz tiene a veces unos precios tan grandes como la propia vida», comentó Amigo Vallejo entre susurros, sabedor, tal vez, de que en las guerras y las misiones de paz los muertos siempre los ponemos los mismos.

El «silencio de cal y mirto» se rompió con los honores militares y los compañeros portando el féretro al sonido de la Marcha Fúnebre y el Himno nacional entonados por la banda militar Suige Sur, del Regimiento de Artillería Antiaérea número 74, con sede en El Copero. «De frente y paso lento» hasta que Utrera toda rompió a aplaudir entre lágrimas por el penúltimo "daño colateral" del sinsentido humano. Ya en el cementerio, las salvas militares ante la sepultura se mezclaron con los «quejíos» de dolor de los presentes, conscientes de la pérdida, de que el héroe accidental caído ya sólo tiene pasado y subrayando esa certeza que dice que «va contra natura enterrar a un hijo». En Utrera, ayer, doblaron las campanas y disparos partieron el cielo. Todos los ojos lloraban el mismo mensaje: «Descanse en paz».

jueves, septiembre 03, 2009

El enigma Anastasia


Ha aparecido en Oslo, Noruega. Se hace llamar Anastasia. Anastasia Jerusalén de Palestina. Dice que tiene una misión: “traer la paz al mundo”. Dicen que es española y tiene unos 30 años, cabellos teñidos de rubio, ojos melancólicos. No tiene documentos, ni pasaporte, ni carnet de identidad. Los psiquiatras sostienen que la ‘princesita’ presenta síntomas de delirio o psicosis postraumática. Anastasia es extremadamente devota, por lo que la policía sospecha que, quizás, podría haberse escapado de un convento de clausura. El informativo de las tres dice que la han reconocido en Valencia. Ella no sabe quién es o el mundo no puede creer quien dice ser.

Apareció en la desembocadura del Támesis, Kent, Inglaterra. No tenía nombre o decía no recordarlo. Caminaba perdido, con su traje de chaqueta empapado, siempre en silencio. Y en el silencio del hospital dibujó un piano. Entonces, nació la leyenda de un joven virtuoso que interpretaba música de Tchaikovsky. Un joven asustado que redimía sus temores ante el piano … Quién será, se cuestionaba el mundo… El ‘San Jorge’ del piano resultó ser un alemán de 20 años que lo más parecido que había visto a un instrumento de cuerda era un dragón. El joven un día rompió a hablar y desveló a los médicos del psiquiátrico que era homosexual, que su padre era granjero y que decidió viajar desde París a Inglaterra después de perder su empleo como cuidador de enfermos mentales. “La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio”, sentencia Antoine de Saint-Exupéry.

Hay quien sigue llamándole general e, incluso, presidente. Augusto Pinochet Ugarte se llama. En septiembre de 1973, protagonizó un golpe de Estado en Chile, apoyado desde Estados Unidos, que culminó con el derrocamiento y la muerte de Salvador Allende. Su régimen de represión y autoritarismo fue condenado por la ONU. Se le ha intentado juzgar por numerosos delitos de torturas y de conspiración. Dice ser un hombre sin memoria, inválido para enfrentarse a su pasado, incapacitado para cumplir cualquier condena. Las paradojas del destino, las ironías de la vida, hacen que se acoja al Estado de Derecho que tantas veces violó, mancilló, despreció y olvidó. No se encuentra en condiciones físicas de someterse a juicio debido a su enfermedad, diagnóstico: demencia vascular progresiva, “irrecuperable estado de deterioro intelectual”. “Es un viejito”, lloran sus allegados. “Es un asesino”, recuerdan las madres de los asesinados. “El militar jubilado de 91 años continúa con su plan de rehabilitación cardiovascular”, cuenta la prensa. “Para los navegantes con ganas de viento, la memoria es un puerto de partida”, dice Eduardo Galeano. Para los cobardes que huyen del pasado, la memoria es la condena.

miércoles, septiembre 02, 2009

Pongamos que hablo de Sabina

Si Francisco de Quevedo estuviera vivo, se llamaría Joaquín Sabina. Habría nacido en Úbeda (Jaén), conocido el cielo e instalado en el infierno, junto a Mefistófeles, previo paso por el número siete de la calle Melancolía. Si Quevedo existiera escribiría sonetos en una revista. Primero miraría las portadas de angeladas niñas desnuditas y después leería sus propios versos y dejaría caer de soslayo alguna sonrisa. Si Quevedo estuviera vivo sería republicano y políticamente incorrecto y desvelaría entresijos de nocturnas y alevosas veladas con «princesos» y princesitas.
Y que se jodan los que gusten y se piquen quienes ajos coman, góngoras, reyes del pollo frito de tres al cuarto, malfollados varios, los que dicen que no tiene voz y no ven que tiene arte y alma... si Quevedo viviera hoy día, firmaría Joaquín Sabina.
Sabina, el que nació en Úbeda y se empadronó en Madrid; el que siempre se baja en Atocha y se sube al escenario de la memoria; el amigo de sus amigos y cuate de Chavela Vargas; el que se rebela en busca del mes de abril ante la vida; el que sabe «que las malas compañías son las mejores»; el que con sus canciones y poemas el luto nos alivia; devoto de la Virgen de la Soledad, enamorado de la Magdalena; el que siempre grita «esta boca es mía» y bebe güsiqui sin soda; el que sabe que en la plaza de Las Ventas se trabaja y en La Maestranza se torea; el eterno perdedor que hace de la derrota victoria.
Sabina, con quien el pasado jueves «nos dieron las diez, las once, las doce, la una, las dos y las tres», mientras él desencapotaba junto a sus mosqueteros –Panchito Varona, Olguita Román y Antonio García de Diego– el cielo de Sevilla; el mismo pirata cojo que se proclamará califa en Granada con su carretera y su top manta en tan sólo unos días; el flaco al que, sin saberlo, imita Bob Dylan. Pongamos que hablo de Joaquín. Digamos que hablo de Sabina.


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