Salvador
La mentira puede llevar al hombre muy lejos pero sin esperanzas de volver, que olvidar es como mentir al alma. Está manida la frase aquella de que “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”. Está gastada, pero es cierta.Este país ha pasado del miedo a la vida al olvido de todo, a un casi nada importa, amnesia inducida. Y es cierto que la vida, a fin de cuentas, es lo único que importa. Pero la vida debe ser consciente. Lo contrario es una vida de mentira. Lo contrario es una mentira.
El asesinato de Salvador Puig Antich el 2 de marzo de 1974 en la cárcel Modelo de Barcelona revela el vero rostro del franquismo más allá de los seiscientos y retrata a un general que esa misma tarde –mientras el país y la comunidad internacional solicitaban un indulto- durmió la siesta como cada día.
Manuel Huerga lo cuenta en el filme “Salvador”. “Este país se ha olvidado muy pronto del franquismo y eso me da mucho miedo”, comenta; aunque, realmente, este país nunca ha llegado a recordar el franquismo, como si no hubiera existido. “Pocas veces en la vida tienes la sensación de contar una historia que debe ser contada”, decía, lúcida, sobrada de luz, Leonor Watling. Y pasa porque la verdad grita íntimamente en silencio y necesita ser contada. Por eso, la verdad nos hace libres y deja los pies fríos.
La Nueva Enciclopedia Escolar de Santiago Rodríguez para Iniciación Profesional, similar a la Enciclopedia Álvarez, con la que los niños hacían como que estudiaban en tiempos de la dictadura, define a Franco como un “militar glorioso”, un “estratega genial”, el “Caudillo que había de llevarnos felizmente a la total recuperación del territorio y del auténtico sentido de España”. Entre sus méritos, cuenta que creó “un Gobierno, ganó voluntades, fomentó entusiasmo, planteó batallas, dictó normas y creó vitales organismos”. Nada habla la Enciclopedia de muertes por garrote vil ni desaparecidos. Nada, por supuesto, de Salvador Puig Antich. Entre otras cosas porque Franco aún no lo había asesinado. Pero antes hubo otros “salvadores”, otros españoles que no se resignaron a vivir de rodillas, que se enajenaron del miedo, antes incluso del mismo Puig Antich. A casi todos los mataron. Y eso no sólo no se debe olvidar sino que conviene recordarlo sin revanchismo, porque perder, perdimos todos. De lo contrario, todos tendremos sangre en la manos y alzheimer en el alma.






















